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Saturday, January 21, 2012
Bronceado a rayos catódicos - Parte I
Yo pasé buena parte de mi infancia sentado frente al televisor. Esto es algo que hasta ahora había recordado con una sonrisa, pero la experiencia de ser padre de una nena a la que le encanta como a mí ver dibujos animados, me hace cuestionar el papel de las personas encargadas de darme otras cosas para hacer además de ver la tele. Lo cierto es que hasta los nueve años no tuve un límite de tiempo diario, y muchas veces las tardes que pasaba sólo frente al televisor se estiraban hasta alcanzar las tres o cuatro horas. 

Pero como el pasado es igual de inamovible que el futuro, la tarea que nos toca es sacar de lo vivido lo mejor, y aprender a estar ogullosos de lo que llevamos guardado en la mochila, herramientas y memorabilia que nos llevaron a ser lo que somos hoy.

En otras palabras, es hora de una lista de series de televisión que marcaron mi ochentera niñez.



AUNQUE USTED NO LO CREA - Fascinante encuentro con lo extraño, lo fantástico, lo inesperado, que vivía de lunes a viernes a las doce del mediodía por Canal 9 (cuando, a la hora del almuerzo en Buenos Aires, hacía la pausa para la comida de la escuela en mi casa). Presentada por Jack Palance, a quien todavía hoy le he visto muy pocas películas, pero al que le tengo un cariño inmenso. A él y al que fuera que le doblara la voy en México, que era un genio. .



LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA - Definitivamente en mi Top Tres de series que me dejaban con la boca abierta, una antología de cuentos fantásticos en formato televisivo, que volví a ver hace un año y volvió a encantarme. La palma se la lleva la mítica historia de la familia que no puede salir de su casa, encuentra un símbolo extraño en cada uno de sus muebles, siente un calor cada vez más agobiente y descubre una masa gelatinosa y Carpenteriana dentro de una habitación. No es sino tras quince minutos de tortura psicológica que descubrimos que se trataba de la casa de muñecas de una nena, introducida en el horno a modo de broma por su hermano (!!). ¿La masa gelatinosa? ¡Un caramelo derretido! GENIOS. .



MANIMAL - Como en queda claro por su larguísima introducción, esta serie era imposiblemente aburrida, pero yo me la tragaba entera -al igual que, me imagino, el 80% de su público- sólo por los cuarenta segundos en los que "el chico lindo" (como lo llamaba mi abuela) respiraba pesadamente y se transformaba en uno de los tres animales. Después ibamos al colegio e intentábamos imitar el efecto de las manos. El chiste de la época: ¿Cuál es el colmo de Manimal? Que alguien se tire un pedo y el empiece: ssss fuuuu sss fuuu (imitando la respiración). .



21 JUMP STREET (Comando Especial) - De las primeras cosas que vi que no eran necesariamente "para chicos", y que me sorprendieron por la profundidad de su historia. No volví a ver nunca ningún capítulo, así que no sé cuánto de eso es sólo influencia de la infancia y cuánto es real. Si sé que el auto que da un salto y gira al mismo tiempo que la canción grita "Jump!" es uno de los mejores momentos televisivos jamás. .



MACGYVER - El puto Rey. Época de oro, 1990: De lunes a viernes, a las 18, capítulo repetido. Los martes, a las 21, capítulo estreno. (¡Sí! ¡Los martes DOS CAPÍTULOS EN UN DÍA! ¡Gracias, Canal 13!)



LA FAMILIA INGALLS - Yo fui un niño que tuvo que mantener durante al menos dos años su catolicismo en vergonzoso secreto, y Michael Landon era sin duda, el líder de esa pequeña secta con cantidad de miembros: uno y las voces en mi cabeza. El día en que los Carapintadas tomaron La Tablada con masitas secas, yo recé al cielo por que todo se arreglara antes de las 16:30, horario de la Familia Ingalls. No fue así, y los noticieros me dejaron esa tarde sin Laura. Probablemente ese día dejé de santiguarme frente a las Iglesias.



EL INSPECTOR GADGET (o Truquini, cuando había mala suerte) - Era escuchar el primer Tun Turun Turun y ponerme a saltar como un desquisiado sobre la cama, poseído por la pura grandiosidad de la mejor canción de dibujito animado jamás escrita.



TRANSFORMERS - Otra mítica canción, otro ruidito a imitar en los juegos, otro dibujo que evolucionó más allá de mi capacidad de comprender las historias (¡Se muere el personaje más importante, por el amor de Grog!) El juego también era hablar desde la parte de atrás de un ventilador para imitar a Megatron



JEM - Aunque cosas como Frutillitas (fresitas) o Mi Pequeño Pony estaban lejos de mi pansexualidad, lo cierto es que había un par de series que yo miraba con mucho gusto a pesar de estar claramente targeteadas a un público de "nenas". Jem era una de ellas. No me acuerdo muy bien de qué se trataba, pero sí recuerdo que me gustaban sus canciones, y más exactamente, la parte en la que en la intro aparecen las Misfits y hacen sus cuatro segundos de heavy pop que yo cantaba asi: "Wi Ra Ri Misfits - We Ra Ri - Wi Ra Ri Misfits"



CONDE PÁTULA - Esta era una serie extraña, incluso de chiquito me daba cuenta de que estaba viendo algo diferente, con más libertad y frescura que la mayoría de los otros sub-productos creador para vender juguetes (que de todos modos estaban casi todos muy fuera del alcance de mi familia)



MASK - Lo que me lleva directamente a esta serie, un ejemplo recontra-obvio de lo que acabo de decir, y sin embargo una de mis series favoritas. Probablemente ayudata el hecho de que la veía ya en Argentina, un país donde los juguetes llegaban en versiones "Industria nacional" (es decir, acequibles), y en donde además yo disfrutaba de una relativamente numerosa familia de abuelos divorciados, lo cual multiplicaba por tres mis regalos. Sí, de niño yo era el Donald Trump de los juguetes.



Y me despido por hoy con los repugnantes y adorables Cariñositos, que me llevaron a  una situación con un kiosquero y mi abuelo Ricardo que puede resumirse en una frase dicha por el primero: "¿No querés mejor esta revista de los "Gobots", que es para nenes?" (Post Data: ¡Dije que no!)

Posted at 21.1.12 by nataniel
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Wednesday, January 18, 2012
A veces soy como Jesucristo y doy consejos muy buenos.
Le dije a alguien ayer: Nada más importante que tener claras las prioridades. La otra persona: "Pero yo no sé lo que quiero". Yo: "Hacé una lista con las tres cosas más importantes en el mundo para vos" Ella: "No tengo idea, no tengo una lista. Quiero ser feliz" Yo: "Ser feliz es la consecuencia de tener claras las prioridades". Entonces me puse a pensar cuales eran mis tres cosas más importantes. Y esto es lo que me salió.

1) Matilda debe ser la nena más feliz del Universo conocido, y de los paralelos por conocer también. Cualquier cosa menos que eso, será un fracaso.

2) Nunca traicionarme. Nunca hacer algo que yo sé que va en contra de lo que creo.

3) Respetar al cien por ciento mis deseos, siempre y cuando no se contradigan con los primeros dos puntos.

La persona con la que hablaba no se vio muy impresionada por mi lista. Y bueno, otra cosa que se aprende con los años y que resulta una gran novedad para los niños hijos únicos con grandes egos como uno, es que el mundo no está desesperado por saber lo que sucede dentro de nuestra cabeza.

Posted at 18.1.12 by nataniel
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Thursday, September 08, 2011
Soñar que se llora.
Hoy soñé con ella. Uno de esos sueños de despedida que tanto detesto. No les veo nada romántico ni catártico. Tuve uno con mi tía y tampoco me sirvió para nada. Se llora en la vigilia o no se llorar. Llorar en sueños es como comer en sueños, como ganarse la lotería en sueños. Sólo sirve para que al despertarte te des cuenta de que en realidad no lo hiciste.

Estábamos en una casa, en un salón, tal vez en la casa de León Suárez de mis abuelos, pero no sé. Era ella de cuando eramos chicos, tenía una vincha en el pelo, como solía tener muchas veces. Estábamos escuchando la canción de Zaz que parece escrita por ella y para ella, y cantada por ella y para ella. Le gustaba mucho.

Yo sabía que algo malo iba a pasarle, pero por alguna razón no se lo podía decir, como esas historias de viajes en el tiempo en las que sabés que no podés modificar el futuro porque sino el universo entereo colapsará. Yo la miraba y pensaba, sé cómo vas a terminar, sé lo que te va a pasar. Sé hasta los detalles más escabrosos, pero no puedo decirte nada.

Y entonces la abrazaba y me ponía a llorar desconsoladamente, lloraba como en esa poesía de Girondo donde todo llora con él. Era una diarrea de llanto, una represa rota de llanto.

Y me desperté y pensé en ella todo el día, y en lo que hablé con mi psicólogo semanas antes de que pasara, sobre subirme al caballo e ir a buscarla.

Subirme al caballo e ir a buscarla.

Las historietas y Hollywood nos tienen muy malcriados. Los cobardes no llegan a ser héroes.

Entonces vine y la escuché cantar. Tengo un disco entero que grabó con sus amigos, y nunca pude sentarme a escucharlo, por miedo. Pero hoy estuvo tan presente todo el día que pensé, ya no puede ser peor, y entonces la escuché.

Y estaba equivocado.

Todo llega, amigos, y no hay moraleja. Las dos grandes lecciones que exprimo después de treintaypoquitos años de dar vueltas con cara de mofeta por el mundo.
Posted at 8.9.11 by nataniel
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Tuesday, June 28, 2011
Dijeron y dije.
Dijo mi papá:

"Tu sentimiento hacia Carolina perdurará en vos como la sentías al ir "del hilo", mas allá de toda otra situación y momento, y hasta el fin de tus días."

Escrito en 2008, con 29 años:

"Tocando la trompeta, y con dos coletas. ¿Se dan cuenta? Con dos coletas, como si esas cosas hicieran falta. Como si uno no estuviese ya grande como para sentirse afectado por esos detalles, como cuando a los 16 añitos me agarraba de la mano y me invitaba abajo del aguacero para saltar sobre los charcos descalza, como dormir juntos pero en dos hamacas separadas, como irse de mi lado dejando una de sus hebillas atadas a su punta de hilo, para nunca estar lejos de verdad. Les juro que me entran ganas de ponerme a llorar. " 
Posted at 28.6.11 by nataniel
Contame algo  

Y sí, más Carolina. Más y más y más, siempre habrá más.

Escrito en 1998:

"(tras un afiebrado recuento de los acontecimientos del fin de semana anterior) Y yo lo que puedo es colocar, linealmente, toda esta serie de acontecimientos y arriesgar al azar sentimental del lector. No apunto a nadie ni a nada, puedo generar reacciones que abarcan toda la gama existente, incluso la de ninguna reacción. Pero la poesía, creo, me parece, es una arma blanca, un arma de precisión. No. Es acomodar dos o tres palabras frías y conseguir que generen en el lector el mismo efecto que una llave. O sea, las muescas tienen que ser perfectas, el metal es vulgar, bruto, pero los relieves son únicos. Y un relieve único abre una sola puerta, y esta payasada cagosa que estoy escribiendo toda busca que yo pegue en el papel, me saque de la punta de los dedos, transmita desde algún lugar del pecho hacia todo el mundo un par de letras rabiosas: (aquí el nombre de la chica)."

"Ya no sé ni qué me pasa. Todo lo que tengo alrededor suena como ella. Abro la puerta y ahí está, en las bisagras, riéndose. Me acomodo en la silla y me enfrento al teclado: Describir su risa es el primer desafío al que me entrego este año. La suya es una risa en dos actos. El primero es el que surge de la sorpresa. Una especie de inevitable reacción de la garganta y el mundo de sonido casi gutural, muy grave y al mismo tiempo juguetón y picaresco. Según la gracia que le haya causado lo que sea que le causó gracia, ésta primera parte puede extenderse desde un diminuto segundo, como si alguien le estuviese achatando la frente y la pera. Los ojos se cierran casi por completo y ella toda es una sola maravilla blanca con bordes rosados.

Enseguida intenta recuperar el aliento, y entonces se crea una especie de aspiración ruidosa de tinte dulzón, nunca molesta, que puede llegar a durar algo así como la mitad de lo que dura la primera parte. Sus hombros se elevan, ella comienza a levitar, me arrastra, volamos juntos, si el chiste había sido muy bueno llegamos incluso a dar una vuelta en el aire, luego nos posamos suavemente y nos miramos a los ojos. Ya no somos los mismos.

Malena sabe hacer verticales. Tiene tanta fluidez para hacerlas que a veces me pregunto si en realidad no es esa su posición normal y la pobrecita tiene que ir la mayoría del tiempo con la cabeza hacia arriba, haciendo equilibrio.

Malena y yo vamos del hilo."

Posted at 28.6.11 by nataniel
Contame algo  

 
Sunday, June 26, 2011
Será por eso.
De mi;

Te quiero, mi Caro. Sos un pedacito de sueño viejo que resiste.

De ella;

Estoy bien amor...

Salte del tren fantasma en el que iba viajando, y me siento mejor.

¿donde estas? me gustaria verte.

De ella:

me alegraste el dia...la semana....la vida!!!!!!!!!!!!!!!!!!

te quieroooooooooooooooooooooooooooooooo nicooooooooooooooooooo 

llamame llamame llamame llamame llamame llamame llamame llamame llamame llamame llamame ya!

De mi:

Y hacia la tarde, mi tía, la bailarina, que está en Leipzig dando unos talleres, me cuenta que esa actividad que tanto le gusta hacer, y que se transforma al final en el símbolo de los talleres -sus alumnos le regalan después cartas con pedazos de hilo pegados- esa actividad en la que cada uno agarra un trozo del mismo hilo, y lo mezclan, y se van de un lado a otro, se envuelven, se llevan, esa actividad que estimula los vínculos, la sacó de aquel cuento que escribí hace un montón, ir del hilo, en el que hablaba sobre la forma de andar que vos y yo descubrimos.

Y bueno, si acordarme de vos una vez me lleva de viaje, acordarme tres veces en el mismo día, y con una historia tan linda como la de mi tía (cartas de alumnos agradecidos con hilos pegados!), me teletransportó a acordarme lo que es estar auténtica, absoluta, indiscutiblemente enamorado de vos. Como siempre.

De mi:

Vos sabés que sos alguien especial. No te extrañe entonces que yo también lo sepa.

Te quiero

Nico.-

De ella:

Vos tambien sos especial para mi, y lo sabes...
 
No quise ser cinicamente realista, solo trate  de explicarmelo de una forma razonable y eso paso...sonó asi...sera porque lo nuestro es único e inexplicable...







Posted at 26.6.11 by nataniel
Contame algo  

Mi Malena.
"De Carolina su rostro, sus movimientos. Pasemos por alto esta imposibilidad de mirar fijo a los ojos sin hacer una mueca, excepto cuando no la hace, que es cuando se producen estos atropellones de gente en el estómago. De Carolina su voz imitando a Goyeneche, la ropa, la suavidad del cuello detrás de la oreja, los adejtivos mudos, (el otro día estando con fulanito me sentí: (dobla las manos al revés, cruza los ojos, saca la lengua. No hay palabra que lo represente. No hay palabra que represente tener sed un sábado a las seis de la tarde). De Carolina su voz áspera escondida en algún lugar del teléfono, diciéndome:”Yo también tengo ganas de verte”, sus saltos sobre los charcos en una tarde de lluvia. De mucha, de cuanta lluvia. De Carolina los ojos fuertes posados sobre mi garganta. De Carolina lo más bello de su inalterado delirio (inalterado aún), y lo más importante, de Carolina el ir del hilo" (Ir del Hilo, 1998)

Cualquiera que me conoce un poco sabe qué tan enamorado estaba yo de Carolina Pacheco. La conocí en el 98, mientras limpiaba el pasillo de Burger King del cine America. Entró con unos pantalones holgados y noventeros, un arito en la nariz cuando muy poca gente usaba aritos en la nariz, y sobre todo, entró con dieciséis años. Yo tenía dieciocho y me cayó un rayo en la cabeza. Como si hubiera en alguna parte de nuestra genética un modelo de persona que sería la que queremos, la que más nos atrae, y Carolina hubiera sido una copia exacta de ese modelo. Como si nos hubiéramos reencontrado después de muchas aventuras juntas y años sin vernos. Fue un rayo muy difícil de explicar, un rayo de comedia romántica hecha realidad, un rayo que hoy, trece años después, aun no volví a sentir.
Después de media hora de verla fumar, comer hamburguesas y escribir en una servilleta, me senté en la misma mesa, temblando de timidez, y le dije la frase que me había aprendido de memoria y todavía me acuerdo:
- No tengo tiempo ni de sonarme la nariz y si me ven haciendo esto me matan, pero sólo quería decirte que nunca creí que en este lugar y limpiando mesas me iba a encontrar con un ángel.
Ella se sonrió, porque todavía eramos adolescentes. Yo me levanté y me fui lo más rápido que pude. Me escondí en los cambiadores, me puse la ropa de civil y salí a caminar por el pasillo pensando solamente en salir de ahí. Pero Carolina tenía otra idea. Me llamó con un dedito, sonriente, y me dio una servilleta escrita. Era una pequeña carta, tan cursi como lo que yo le había dicho. Al final, su nombre y su número de teléfono.
Imagínenselo. Virgen, adolescente, enamorado en dos segundos y con un papel con su número de teléfono. Era feliz.
Salimos unos días después y nada fue menos. Ella era tan hermosa como yo la recordaba, tanto así que mientras me hablaba yo tenía que quitar la vista y mirar para otro lado, porque sino el corazón se me sobrecargaba de emociones y amenazaba con estallar. Acompáñenme en este viaje, yo lo justifico un poco diciendo que era la edad, pero lo cierto es que no hubo una sola vez que no me sintiera así con ella. Lo que pasa es que con los años uno, me imagino, va aprendiendo a ubicarse, o a clasificar las cosas en pequeños compartimientos que te ayudan a mantener un poco mejor el control. Pero por aquel entonces no había compartimientos, las emociones eran toda una gran pileta llena de manzanas y harina puesta sobre una parrilla llena de carbones al rojo. Hebullición, efervecencia. Seguramente saben a lo que me refiero.
Yo por supuesto le había escrito un poema. Nos sentamos en el medio de la 9 de Julio esquina con la Avenida de Mayo. Ella lo leyó, me miró y me besó. Nos besamos un rato. Yo volé por la estratosfera. Cuando dejamos de besarnos, me miró sonriente y preguntó:
- ¿Te sorprendio que te besara?
- No- le mentí, por supuesto, porque también todo era un concurso entre nosotros para ver quién era el más especial. Perdí todas las veces.
Hubo más besos, un diálogo delirante entre ella y los cocineros de la pizzería que ya no existe a través de los cristales, abrazos a cada campanada en la Plaza de Mayo. Esa y la noche en Cartagena junto al mar son las dos noches de mi adolescencia, las dos noches de sentirlo todo sin coladores entre el mundo y el alma.
Pero Caro era de otro planeta. No sólo de otro planeta al mío, sino de otro planeta al planeta Tierra. Así como parecía amarme honestamente, desaparecía durante meses enteros sin dar señales de vida. Una vez se fue a su casa en el Tigre sin avisarle a nadie. Cuando volvió una tarde, su papá le dijo: "Caro... ¡pensé que ya no volvías!". Tenía diecisete.
Una tarde en su casa escuchamos November Rain bajo la lluvia, y nos reímos de que nos gustara estar escuchando November Rain bajo la lluvia. Nos abrazamos y nos empapamos y ella saltó sobre los charcos descalza y todo era real, nada de lo que hacíamos era para sorprender a nadie. Eramos ella y yo creyéndonoslo todo. Era todo lo que esas cosas pueden ser.
Caro y yo ibamos del hilo, al punto que a cada encuentro, uno de los dos llevaba siempre un pedazo de hilo. Ir del hilo no es otra cosa que lo que suena; uno agarra una punta, el otro la otra, y se va. A veces uno se enrieda en el hilo y vas como abrazado, a veces dejás varios metros de distancia, pero vas siempre unido. Un par de años más tarde intenté ir del hilo con Javiera, pero, por supuesto, no fue lo mismo. No lo intenté con nadie más. Del hilo se iba con Carolina.
Ella soñana con ser Malena y cantar tangos, así que cada cosa que escribía sobre ella -y escribí muchísimas a lo largo de los años- ella era Malena, como yo soy Nataniel.
Una vez fui a un bar con Rosa Acevedo y Diego Pinto. Yo me senté en la ventana, y dije que siempre me sentaba en la ventana mirando para afuera. "¿A quién estás buscando?" me preguntó Rosa. La respuesta era, a Carolina. En los tiempos en que hacía sus actos de desaparición del mundo, yo nunca dejaba de buscarla.
En el 2006 tuvimos nuestro más hermoso reencuentro. Nos prometimos mantener la amistad, no dejar pasar más de diez días sin ponernos en contacto. Fuimos al teatro, almorzamos, tomamos mate con bizcochos y una noche me quedé a dormir en su casa y nos dijimos cosas muy hermosas. Nos encantaba tirarnos flores.
Pero entonces yo me vine a vivir a Alemania.
En enero de este año le escribí:

Me gustaría que me enviaras un mail que dijera: Sí, estoy viva. Te quiero. Chau. Caro. Ya te lo escribí yo. Ahora marcás el texto, pones "copiar", le das a "responder" y luego "pegar" y no tenés que hacer más nada!!!!

Te quiero

Nico.-

Ella contestó:

Corazón rojo

Yo le volví a preguntar:

donde?

Y ella

Estoy en mexico, aca estar pacheca quiere decir reloca, asique mi nueva identidad tiene algo de vieja...

Y entonces empezamos a escribirnos otra vez. Aunque parezca mentira, nos escribimos varias veces en un mismo día. Nos agarró la nostalgia, hablamos sobre todo, sobre realmente todo, desde el primer día, el segundo, el quinto, no dejamos detalle por recordar y analizar con vista de casi treinta y treintaydos. Y de fondo, la sensación de que ese rayo no terminaba nunca de caer, y November Rain otra vez irónicamente y al mismo tiempo nada irónicamente disfrutada.

Este once de abril me contó que cantaba tangos con dos amgios en un bar en Mexico. "La gente aplaudía como focas y después cada uno volvió a lo suyo" me dijo "O sea que uno puede ser lo que quiere por el tiempo que uno quiere, ¿no?"

Yo le respondí: "El día que nos volvamos a ver -porque existe ese día, yo sé- cantamos los dos."

Luego recordamos. Ella:

"Me acuerdo que queriamos escribir algo juntos,estabamos en un cafe, pero eramos tan cursis, que era un tiradero de flores. El dia que fuimos a ver a Caseros nos encontramos con una novia tuya, dijo que me parecia a una ardilla."


Yo:

"Cuando viniste al Tortoni a lo de mi papá yo estaba tan contento. Tengo una foto en la que se me ve la cara, es muy graciosa, estoy feliz. En un momento nos fuimos  a un costado y dijimos: salimos corriendo? si decías que sí, yo salía corriendo, no lo dudo. Hoy también. Pero al final nos despedimos de los demás como gente civilizada."

Ella:

"Tengo inetrnet en mi casa, hace una semana que no trabajo y reviso a cada rato a ver si me escribiste. Y el recuerdo: De cuando eramos chicos la magia de poder caminar felices por av rivadavia."

El 9 de mayo me escribió que se iba a Costa Rica, me habló de verduras que le gustaban, y me dijo que tenía fiaca de escribir.

Yo no le contesté.

El 22 de mayo recibí un mail general en que enviaba un video de ella surfeando en las playas de Costa Rica. Se la ve morenísima, paseando por las olas, caminando luego con su aire de siempre, capaz todavía de interrumpir el tránsito para llegar al vidrio de la pizzería, golpearlo con fuerza y gritarle a los cocineros: "¡Me encantan sus gorros!".

Hoy me enteré que Carolina Pacheco se resistió a un asalto en Costa Rica y fue asesinada.

Y algo se rompió.

Posted at 26.6.11 by nataniel
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Tuesday, June 21, 2011
Tararear.
Llego demasiado temprano al teatro. Me siento a leer el programa, lleno una encuesta, la entrego, reconozco en la persona que me recibe el papel a la chica que había cantado en el Cotton Club dos semanas atrás. Luego también reconozco a una vecina mía, muy neo-hippie y enrastada ella, a la que no saludo porque me da vergüenza, pero que se sienta detrás de mí cuando finalmente podemos entrar.

Es una silla sobre el escenario, cuatro altavoces de retorno y nada más. Después de todo, es la noche de apertura del festival A Capella en Leipzig. Las luces se bajan y sin ningún tipo de aspaviento, Bobby McFerrin se sienta en la silla y empieza a cantar.

El público alemán no es fácil, creo. Así como son increíblemente respetuosos del talento y del momento música en general (no se ponen a aplaudir siguiendo el ritmo, no gritan ni chiflan cuando algo les gusta, todas cosas que yo creo que cualquier música aprecia) por otro lado también pueden ser demasiado fríos, excesivos en su muestra de respeto. Esto que digo sobre su característica como público creo que puedo aplicarse a su característica como pueblo en general. Lo que sí puedo afirmar como ciencia exacta, es que subirse a un escenario y sentarse a cantar es para Bobby McFerrin el equivalente humano mortal de querer salir a la calle y encajar la llave en la cerradura para que se abra. Se hace a la perfección sin necesidad de preparase, pensar en ello ni calcular distancias. Todo lo que hace falta es asegurarse de tener la llave a mano, y McFerrin poco menos que nació con la llave en la mano.

Sus primeras dos o tres improvisaciones son breves y apenas ligeramente espectaculares. Yo, al menos, todavía me estoy acostumbrando a la idea de tener a este tipo al que tanto he escuchado, observado, compartido y admirado, dándome la espalda a apenas diez metros de distancia. Porque sí, estoy cerca, pero atrás. Tardé una media hora en verle la cara por primera vez, y cada vez que se levantaba para hacer una reverencia, me mostraba el culo. Era muy gracioso, y procuré pelear conmigo mismo para no quejarme mentalmente de esa situación. Cuando un asomo de mosca del quejo me revoloteaba por la cabeza, me imaginaba a mí mismo sentado en un bar, en ese mismo momento, ajeno a lo que pasaba dentro de la sala de conciertos. Era mucho mejor aplaudirle el culo.

Hubo muy pocas cosas que hiciera que no fuesen clásicos de su repertorio. El primer momento realmente brillante lo viví con su canción de Spontaneous Inventions que divide al público en dos mitades, cada una de ellas haciendo un pequeño riff vocal.


Yo no canto. Soy tan tímido, es increíble. Pero también por otro lado disfruto de observar lo que pasa, o tal vez esa sea la excusa que me invento para justificar mi timidez. Es igual, como excusa cumple su función. Podría decir, yo canté con el público con Bobby McFerrin, pero en lugar digo, yo escuché a mi alrededor al público cantar con Bobby McFerrin. Honestamente, me gusta más la segunda frase.

Este aspecto observador/tímido de mi forma de ser me haría arrepentirme/agradecerme más adelante, cuando la nena con las flores y McFerrin tarareando por la calle.

Casi como si estuviera navegando por Youtube, Bobby pasa de éxito en éxito sin mucho respiro. Primero Drive, en una versión un poco distraída.



Luego su clasiquísima versión de Blackbird, aún más de memoria:



Y por supuesto, su Gounod meets Bach, el Ave Maria cantado por el público mientras él interpreta el Preludio de Bach. En este caso, siendo la noche de apertura del festival, y estando en una de las salas de conciertos más importantes de Alemania, el público estaba plagado de excelentes cantantes, por lo que la interpretación, a pesar de que ya la había escuchado hasta el hartazgo en sus versiones grabadas, es demoledora.
 


Ayuda la presencia de profesionales del canto a su otro standard, el de la Escala Instintiva, donde aprovecha para jugar un poco más.



Otra que es nueva para mí es una preciosa versión-con-público de I still Haven`t Found What I`m Looking For.



Y entonces empieza lo que seré el corazón del concierto, el momento en el que McFerrin mueve a un lado su silla -me permite verle la cara al fin- se pone de pie y dice: "Ahora quisiera invitar a alguien que tenga ganas de bailar al escenario. Me da igual lo que sea, free jazz, contemporáneo, ballet, tap, cualquier cosa".

No hay respuesta del público, sólo risas nerviosas.

McFerrin repite la invitación. Y entonces, desde atrás, escucho la voz de mi vecina que se pone de pie y grita: "I`m coming!"

Como estamos en el segundo piso, mi vecina tiene que salir, prácticamente darle la vuelta entera al teatro para llegar al escenario. McFerrin la espera improvisando con el público. "We are waiting" cantan todos. Como dos minutos más tarde, aparece mi vecina. En el escenario sus rastas neohippies se transforman en un enorme tentáculo de pulpo rubio, esas cosas que tienen los escenarios, todo se vuelve más épico allí.

Bobby se sienta a un costado, le señala el centro del escenario y le dice: "Ese es tu espacio" y empieza a cantar. Mi vecina baila lo que podríamos decir si quisiéramos matar lo que la gente hace con nombres; "danza contemporánea". Sus movimientos son libres, y decide hacerlos pequeños, como la música que McFerrin le inventa. Las asociaciones con mi propia historia corren desbocadas en mi cabeza, y el momento de casi silencio y sobre todo, el final, en el que McFerrin respira pesadamente y mi vecina baila su respiración, me dejan una bolsa de arena en el corazón de la que todavía no termino de encontrar el peso exacto, como si llevara desde anoche buscando el punto en el que la pesa de metal hace equilibrio sin tocar el límite de arriba ni el de abajo.

 

Luego le toca el turno a los cantantes. McFerrin nunca llama a "cantantes entre el público", sino simplemente a "alguien que quiera subir a cantar". Eso da lugar a alguno encuentros un poco extraños, como en el caso de la primera persona que sube al escenario, una mujer enormemente obesa que quiere cantar una canción folklórica alemana. "Bueno, probablemente no la conozca" le dice McFerrin, pero a la señora le da igual, ella quiere cantar esa canción, y lo hace, con una voz nada profesional, pero poderosa y emocionante de todos modos. McFerrin necesita la totalidad de tres segundos para encontrar los acordes de la canción y arpegiarlos con la voz.

En total son cuatro los personajes del público con la valentía y el talento necesarios para aguantar dos minutos en un Death Match musical con Mr. Voz, y todos lo hacen maravillosamente. A estos se le suman invitaciones directas de Bobby, como el grupo vocal Amarcord y una imponente latina que improvisa una salsa de ponerse a temblar.
 


También hace su tradicional "todo al mundo al escenario", o "Coro Instantáneo" que a pesar de no ser tan lindo como el del video que adjunto abajo -que sucedió en Brasil, obvio- también tuvo sus bellos momentos, solo de nena cantora incluido.



Su último tema yo no lo conozco. Le ponen un reverb aún más poderoso de lo normal, y lo aprovecha deteniendo el tiempo con un hilo de voz que parece quebrarse pero es completamente irrompible.



Después de casi dos horas de cantar sin parar, Bobby McFerrin está cansado y se nota. Hace cantar al público Over The Rainbow con un bellísimo arreglo para, ejem, público y voz, y se despide con un "buenas noches, que duerman bien".

La gente, por supuesto, no para de aplaudir. Aquí yo también participio, porque en estos casos da más vergüenza no participar que participar, y porque también quiero que no se termine. Bobby sale nuevamente al escenario y dice: "No me pidan que cante nada, pero si quieren háganme preguntas". La imaginación preguntera del público -la mía incluida- es bastante pobre. "¿Cómo definirías tu música?" siendo la más horrenda de las preguntas, y la de un adolescente "¿Te cantaban canciones de cuna cuando eras chico?" la más linda. Alguien le pide que cante el Vocalise de Rachmaninov, a lo que él responde "llevo cantando dos horas sin parar, no podría hacerlo aunque quisiera", pero enseguida de todos modos lo intenta, lo cual me cayó muy bien. Después de unos treinta segundos de algo que a mí no me sonó al Vocalise pero igual fue hermoso, volvió a decir buenas noches y desapareció. La gente aplaudió (dimos) tal vez unos quince minutos sin parar.

Una nena y su papá se pusieron en la base del escenario. La nena tenía un ramo de flores en la mano. Miraba impaciente a la puerta de entrada al escenario. El papá se sentó detrás, en la escalera, observando.

De pronto me di cuenta que esa nena con ese ramo de flores, esperando impaciente, nerviosísima, la reaparición de Bobby McFerrin para regalarle unas flores se había transformado en algo más importante que el regreso del propio músico. No podía empezar a imaginarme la decepción y la tristeza de la pobre nena si sus flores se quedaban en su mano. Hasta sentí bronca por Robert McFerrin. ¿Cómo se le ocurre hacerle eso a esa nena? ¿Es que nadie puede avisarle que tiene que salir sí o sí? ¿Es que ya nadie piensa en los niños?

Parece que no, porque a Bobby McFerrin ya no se lo vio más en el escenario. El gesto de la nena, mirando a su padre, quien levantaba los brazos y ponía cara de apenado, me rompió el corazón. Son esos momentos en que lo nenes no saben cómo reaccionar, y se transforman en un glitch de videojuego, personajes cuya programación se contradice con la programación de su entorno. No necesariamente ella estuviese muy triste, estaba sencillamente confundida y no sabía cómo continuar actuando.

Bajé las escaleras corriendo, busqué mi bicicleta y me fui, distraídamente, como si ni yo mismo quisiera darme cuenta, a la parte de atrás del teatro. Allí estaban la nena y el padre, pero en lugar de esperar la salida del músico, le habían dado a una persona X de la organización las flores. Yo, desde unos veinte metros, subido a mi bicicleta, observé como padre e hija se alejaban. La hija parecía contenta, un poco mejor que cuando estaba esperando junto al escenario, pero tal vez en realidad más resignada que satisfecha. El padre cada tanto daba la media vuelta para mirar si McFerrin salía. Padre e hija estaban a cincuenta metros de distancia girando la esquina, cuando Bobby McFerrin salió del teatro.

Tenía las flores de la nena en la mano.

Y este fue el momento en el que me lamenté, ahora sí, de ser siempre más espectador que protagonista. Tenía la bicicleta, podría haber volado a decirle a padre e hija: ¡ahí está!  ¡Sin dan la vuelta lo encuentran! Pero la sola idea de armar la frase gramaticalmente correcta en alemán en la cabeza me paralizó, y no dije nada. McFerrin se sacó dos fotos, firmó un autógrafo, y salió caminando, acompañado por una alta rubia de la organización.

Me acordé entonces de Diego Pinto. Una vez se lo cruzó, caminando por la calle, a Woody Allen. A pesar de ser un inmenso fan de su trabajo, Diego no le dijo absolutamente nada. Lo único que hizo fue caminar cerca suyo un rato. Diego Pinto caminó por Madrid acompañando en silencio a Woody Allen. Yo siempre me pregunté cómo reaccionaría en caso de encontrarme a una de las tres personas del universo a las que considero leyendas vivientes y no son mi abuelo Roberto, y siempre coincidí en que el mejor regalo que puedo hacerles es dejarlos en paz. Cada día, durante décadas, estos personajes han recibido halagos, han causado llantos, risas, emotivos discursos. Difícilmente yo tenga algo que vaya a sorprenderlos, que vaya a quedarles en la memoria. Si voy a ser olvidado de todos modos, ¿por qué no serlo como corresponde?

Caminé junto a Bobby McFerrin mientras se dirigía -¡a pie!- hacia su hotel, y escuché que mientras caminaba, no paraba de tararear. Y lo más increíble es el asunto mencionado de la épica del escenario. En el escenario, McFerrin es inmenso y atemporal, una fuerza del arte que es al mismo tiempo un unificador de seres humanos y una radio que trasmite directamente desde el más allá. Caminando por la calle es un tipito ya mayor, entrado en canas, de 61 años, bajito y un tanto encorvado, que tararea distraídamente mientras camina, como nosotros.   
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Sunday, June 05, 2011
A veces me gusta, y a veces no.

Escrito para el blog de Fernando de Vedia (http://fernandodevedia.com/blog/)

Es lunes. Voy a buscar a la salida del jardín a mi hija Matilda, de 3 años y medio. Todos los lunes a la tarde tiene clase de danza. No danza clásica, pobrecita, sino más bien expresión corporal. Desde hace algunas semanas, sin embargo, se niega a entrar, llora, o pide que la mamá o yo nos quedemos dentro de la sala, lo que va en contra de las reglas de la profesora.
Mi mujer es mucho más estricta que yo, en general, en todas las cuestiones que tienen que ver con la educación de nuestra hija. Ella me había dicho el día anterior que quería que Matilda volviese a intentarlo, porque no teníamos que acostumbrarla a abandonar las cosas. A mí me sonaba a una preocupación un tanto exagerada para alguien de la edad de mi hija, pero teniendo en cuenta que “abandonar las cosas” es algo que yo también hago con demasiada frecuencia, me decidí a hacerle caso a mi mujer y llevar a Matilda una vez más a danza.
Para no agitar las aguas desde demasiado temprano, no le digo nada acerca de nuestro destino. La subo a la bicicleta, andamos unas cuadras, nos reímos y nos contamos lo que hicimos en el día, como siempre. Cuando ve que el camino se desvía del que nos lleva a casa, se da cuenta.
- No quiero ir a danza.- dice entonces.
Yo no había preparado un speech para la ocasión, por lo que me veo con la guardia baja y todavía seis cuadras para llegar al estudio.
- Hacemos así- improviso- vamos, te ponemos la ropa y vemos qué pasa. Si tenés ganas, bailás, y si no, no.
Silencio.
- No quiero ir a danza - es toda su respuesta.
Llegamos. No cambia su cara larga. Estando enamorado como estoy, no puedo evitar sentir que tengo que subirla a la bicicleta de nuevo y llevarla a casa. Pero imaginarme la escena de la explicación a la madre me quita toda la valentía. Evidentemente de por sí no tengo mucha.
Mientras la cambio, parece que llegamos a un acuerdo.
- Mirá, vos entrás a bailar, y yo me quedo sentado justo afuera, del otro lado de la puerta, esperando. Cualquier cosa que necesites; ir al baño, tomar agua, lo que sea, yo voy a estar ahí, sólo tenés que abrir la puerta.
Matilda ríe y se entusiasma.
- ¿Hacemos así?- le digo, estirando la mano, que es el ritual para hace tratos entre nosotros.
- Hacemos así- responde, y estrecha mi mano.Todo es alegría y colores. Le encanta ponerse las zapatillas, la ropa de deporte. Habla de las amigas, compañeras del jardín que también asisten a la misma clase, de lo que vamos a hacer cuando termine.
En la puerta del salón, ante la mirada de los otros padres y la maestra, se abraza a mi pierna como una garrapata a la oreja de un perro y no responde a nada que nadie le diga.
La maestra, alemanísima, lo hace todo más difícil diciendo:
- El papá no puede entrar a la clase hoy.
Matilda se aferra más fuerte.
Sé que no voy a poder tirarla dentro del salón y esperar a que se quede. Eso significaría llantos y gritos, dos cosas con las que no me llevo bien, excepto cuando son realmente necesarios.
Me siento en el piso del pasillo en medio de todos los padres. Matilda se sienta en mi regazo.
- Nos quedamos acá- le digo a la maestra- y vemos qué pasa.
El pasillo es pequeño, no es un lugar para estar sentado. Los padres dejan a sus hijos y pasan por arriba nuestro, sin saber si sonreír comprensivos o juzgantes.
La puerta se cierra, nos quedamos a medio oscuras.
Son las 15:45.
La clase dura cuarenta y cinco minutos. Yo pienso -deseo- que Matilda se aburra en diez o doce minutos, y se decida a entrar cuando escuche a los nenes divirtiéndose.

Decido también no interactuar con ella. Recuesto la cabeza en la pared, no la tomo de las manos ni le hago mimos. No quiero que esté demasiado cómoda. Ese es mi gran plan.

15:55
Mati sigue sentada. Y nada más.
- ¿Por qué mirás para arriba?- me pregunta de pronto.
- Estoy descansando la cabeza- le digo.
15:57
Mis doce minutos pasaron, y yo estoy mucho más aburrido que ella.
Le pregunto por quinta vez en el día:
- ¿Por qué no te gusta danza?
- No sé.
- ¿Qué es lo que te parece más feo de todo?
- La música.
- ¿La música?
- Sí.
Quiero defender la música, pero en ese momento precisamente suena una espantosa canción ochentera.
- ¿Y qué otra cosa?
- El ruido que hacen los nenes… así…- dice, y golpea en el piso los pies.
- ¿Y la maestra, Susanne, te gusta?
- A veces sí - me dice- pero el otro día me gritó para que me quedara en el salón y yo quería ir a ver a mamá y por eso a veces no me gusta.
Me quedo en silencio.
16:10
- ¿Y Klara y Lena no son tus amigas?- recordarle a sus amigas había funcionado en otros casos.
- Son mis amigas- dice Matilda- En el jardín. Ahí las quiero mucho. Acá no es el jardín.
No puedo seguir preguntándole, o su lógica irrefutable iba a dejarme sin palabras por el resto del día. Suspiro, miro el reloj por última vez (pasamos media hora ahí sentados) y me doy cuenta de que, a veces, los chicos simplemente no quieren.
Y eso es tan bueno como querer.
Nos vestimos, subimos a la bicicleta, y nos vamos a jugar a casa.
Ya encontraremos cómo explicárselo a mamá entre los dos.
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Friday, April 01, 2011
¿Melanie habla inglés?

Fue por esos días que empezó la guerra de Irak, la última hasta ahora, no la del 91. Yo trabajaba en el Pobre Gaspar, un bar sobretodo de tés y cafés en la esquina de 2 de Mayo con La Palma, en Madrid. Leía los diarios y quería detener la guerra yo solo. Conocí entonces a un montón de gente que también querían lo mismo. Por mis tiempos de vivir en la Iglesia de San Ambrosio tenía referencias de cosas que pasaban entre la gentuza de la cultura, y supe que estaban organizándose para protestar.

No sé, hoy tengo una visión un poco más cínica –o decepcionada- de ese ambiente, pero por entonces me parecía genial que Almodóvar se pusiera un garimbaldito de No a la guerra y que Alberto San Juan y Guillermo Toledo presentando los Goya tuvieran unas cutrísimas camisetas de No a la guerra y que Michael Moore en la entrega de los Oscars se cagara en Bush y su familia. Bonito favor le hicieron a los irakíes con tanta protestadera. Pero bueno, lo que yo pensaba entonces, y me parece que un poco de razón tenía, es que la protesta tenía un argumento muy claro y concreto: que España no participara en la invasión de Irak. Es fácil olvidarse, pero por esos días Aznar salía en televisión chupándole el bastón presidencial a Bush cada día, y una vez se encontraron los tres –Georgie, Jose María y Tony- en una isla portuguesa a decir que eran la madre de todas las coaliciones. Daba mucha bronca, y al mismo tiempo, todos los periódicos –incluso los derechosos con culpa, como El Mundo- proclamaban que según las encuestas, más del 90% de la población estaba en contra de la participación en la guerra. Todo esto, además, desembocó finalmente en unos atentados que, para mí, fueron el momento colectivo más traumático que viví. Pero claro, yo no estuve en Argentina en diciembre del 2001. Capaz algún día me perdone esa ausencia.

 

Para cuando la „Plataforma de Cultura contra la Guerra" (?) convocó o ayudó a convocar a la primera manifestación, yo ya estaba metido, como siempre, hasta el cogote. Repito, las medias tintas no existían para entonces.

 

A la primera manifestación asistieron, según la policía, novecientas mil personas.

 

Diálogo.

 

Fue la época de recitar junto a Jacob, el día de conocerlo,  „la gallina dijo eureka" de memoria, de inventar junto a Lluvia el nombre „garimbalditos" –nombre que además daríamos a nuestra familia en Los Sims-,  de sentirme inexplicablemente intimidado por Melanie Olivares, de ser subestimado por Jordi Dauder.

Este diálogo real fue recordado por siempre:

JORDI DAUDER, o Uderdajordi, está al teléfono. Aparentemente unos periodistas extranjeros necesitan algo de información sobre la Plataforma. Yo pertenezco al grupo de los siete u ocho que están allí casi las 24 horas del día, trabajando como locos, sin perdernos un detalle de lo que pasa. Entonces Dauder tapa el micrófono del teléfono y pregunta a todos:

 ¿Alguien aquí sabe inglés? (Por favor imaginar voz de bajo en un hombre que actúa como el puercoespín de Toy Story 3, todo el rato.)

 Yo, como siempre, espero por si alguien dice algo.

 Nada.

 JORDI: ¿Alguien sabe inglés, por favor?

 YO (tímidamente): Yo.

 JORDI: ¿Alguien que sepa inglés?

 YO (con más firmeza) Yo sé inglés.

 JORDI me mira por primera vez. Daría la impresión de que de pronto la lengüeta de su zapato derecho hubiera aprendido a hablar.

 JORDI: ¿Alguien que pueda dar una información en inglés...?

 YO ........yo sé inglés...

 JORDI hace una pausa.

 JORDI (a Jacob): ¿Melanie sabe inglés?

 

JORDI fue el mismo que, después de una breve reunión, mandó a todo el mundo a hacer cosas importantes –por alguna razón tomó una especie de liderazgo durante como tres días- y a mí me mandó a hacer fotocopias.

 

Me pregunto qué cosas importantes estará haciendo Jordi Dauder estos días.


 

 Entrega de premios

 

Durante el encierro en Vallecas fui a la ceremonia de entrega de premios de la Unión de Actores. Guillermo Toledo estaba nominado por no sé qué cosa en televisión, y se le ocurrió una idea muy linda. Le dejó su lugar a Edgardo, un uruguayo personajísimo, actor y payaso. Entre todos escribimos un discurso –en el encierro me querían un poco más y yo era el „redactor para todo"- y en caso de que Toledo ganase, Edgardo subiría a recoger el premio y diría el discurso contra la Ley de Extranjería y esas cosas. Edgardo se lustró hasta la punta de la nariz, estaba elegantísimo. Ensayó una y otra vez su discurso, más nervioso que no se qué; era un tipo muy tierno y en algún punto un poco raro, como todos los payasos. Fuimos con él y Vanesa a la entrega de premios, y por supuesto Toledo no ganó. Fue realmente una injusticia. No quiero imaginar cómo se debe haber sentido Edgardo cuando no escuchó „su" nombre. Quien sea que haya ganado el premio a actor de reparto en serie de televisión en febrero de 2001, fue una injusticia: sépalo.

 En los días de la Plataforma también asistí a esa misma entrega de premios. Es una entrega de premios rara, a pesar de que se la dan entre ellos, siempre tuve la impresión de que nominaban, como todos, a las cosas más populares. No sé, no tengo ni idea de lo que hablo. Esta vez fui acompañado por Jacob. Juan Botto, el ícono de la Plataforma, dio un breve y elegante discurso, tal vez un poco demasiado ligeramente sexy para mi gusto, pero así era él. Ya todos habían dicho su parte, la Guerra de Irak era el tema del momento (en ese tiempo fui a ver a Paul McCartney en Barcelona, y absolutamente de la nada el estadio entero empezó a gritar No a la Guerra) por eso creo que nadie estaba preparado para el discurso de Vicente X, cuyo apellido no era X sino que no lo recuerdo. Vicente Equis era como Jordi Dauder, pero nivel 3 en lugar de 5. Con un par más de experience points hubiera llegado a igualarlo, a pesar de que, creo, tenían más o menos la misma edad. Los dos eran igualmente teatrales, ese tipo de personactores que jamás se relajan ni logran bajar del escenario. En todo caso, Vicente Equis se plantó frente al micrófono y tuvieron que sacarlo con una excavadora. Su discursó duró más de veinte minutos. La gente vivió un momento parecido al del famosos discurso de Alejandro Romay en los Martin Fierro –qué viejo soy-, primero lo celebraron porque hablaba „en nombre de la Plataforma" y todos se entusiasmaron gritando cantitos y apoyándolo, un rato más tarde todos se pusieron incómodos y ligeramente nerviosos (recuerdo a Botto, que estaba en el escenario, tapándose la cara), y finalmente todos abrazaron lo absurdo del momento y, de alguna forma, lo ridiculizaron, probablemente para poder sentirse cómodos otra vez. Es un interesante viaje de identificación-desidentificación, todos somos el individuo que tenemos enfrente, o estamos contra él, o nos reímos de él. Cuando no podemos hacer ninguna de las tres cosas no sabemos qué hacer con nuestra propia existencia.

 Zaptero

 

Fue también por esos días que obligué a José Luis Rodríguez Zapatero a poner su firma en un papel, y no para pedirle un autógrafo.

 Era un concierto, organizado también por la Plataforma, aunque a decir verdad, éste acto en particular estuvo más organizado por la cúpula invisible que por la Plataforma en sí. La cúpula invisible eran las mega-stars progres que aparecían una vez cada dos semanas y traían consigo las cámaras, con lo cual, para la prensa, representaban al movimiento, a pesar de que nosotros apenas si intercambiábamos dos palabras con ellos. Más bien, nosotros nos levantábamos a las cinco de la mañana para ir a buscar la furgoneta para ir a buscar las mesas para llevarlas al lugar y colocarlas y luego buscar las camisetas y luego los carteles que habia que colgar y tener todo listo para las doce que llegaban los periodistas y a la una llegaban „ellos" y decían tres palabras y se iban.

Supongo que siempre es así.

„Ellos" en este caso particular, eran Ana Belén y Victor Manuel (dos personas, ningún apellido) que movieron sus hilos para que el concierto, y esto es real, tuviera a los mejores artistas y a Alex Ubago.

Honestamente, de los que asistieron a ese concierto, yo recuerdo solamente a Sabina, Drexler, Miguel Rios, la verdad es que ni me acuerdo si fue Ubago.

Es que, como siempre, nosotros estábamos detrás, poniendo y pegando, colgando y escribiendo, cargando y descargando.

Lo más divertido era vender las camisetas. Siempre acompañados de algún actorcete que hacía venir a la gente como a la miel, teníamos nuestra tienda de merchandising antibélico, del que, si hubiéramos tenido todos un porcentaje de la venta, podríamos habernos tomado unas lindas vacaciones.

En todo este barullo apareció Zapatero, por entonces abanderado del progresismo, primo segundo del Che Guevara, la imagen misma de la esperanza y el porvenir. Llegó con un enjambre de señores de traje y cámaras de televisión, y se acercó a la mesa donde vendíamos las camisetas. Creo que éramos Nacho López y yo los que estábamos allí, pero podría haber sido más gente, yo no los conocía a todos. Desde luego, la persona que estaba al lado mío y yo estábamos delante de todo, y fuimos los receptores de un apretón de manos del futuro presidente del estado español. Nosotros recogíamos firmas –llegamos a juntar dos milloncitos nada más y nada menos- y yo tuve inexplicablemente la imagen mental de „Foto en el periódico de Rodríguez Zapatero firmando contra la guerra de Irak junto a reconocido actor televisivo y sonriente perunchi", y le dije, palabras textuales:

-          ¡¡Firme, Zapatero!!

Zapatero tenía tres opciones: La primera, golpear los talones y saludar militarmente, la segunda, firmar el papel y la tercera, esquivar el bulto.

-          Ya he firmado- me dijo, porque es político con lo cual su primera reacción en siempre la tercera.

-          ¡¡Firme Igual!!- le grité, como puesto de cocaína. Me parece que a Zapatero le dio miedo mi mirada enloquecida producto de la adrenalina, el caso es que se agachó y Jose Luis Rodríguez Zapatero, cual Don Rodrigo Díaz de Carreras, firmó.

Mientras firmaba miré a mi alrededor. Ni un puto periodista se dio cuenta de mi genial estrategia.

Zapatero nos devolvió el lapicero, nos dio la mano nuevamente y se alejó a tener un triste desempeño político en el futuro del país.

 

Diálogo final para cerrar este anecdotario para siempre.

 

JESUS (mi querido amigo): Nico, ven que está Miguel Rios, y tú dices que el rock español no es muy bueno, así escuchas a un buen rockero español!

YO: Dale, vamos!

MIGUEL RIOS: El es menor, ella es normal, y lo que están haciendo es un pecado mortaaal!

 

 

Fin.

 

Posted at 1.4.11 by nataniel
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