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Monday, August 24, 2009
Qué lindo es enamorarse cada tanto.
Tenía que escribir sobre mis vacaciones en Brandemburgo. Bach le dedicó a la ciudad unos conciertos, y uno podría decir que es el caso más extremo de "tirar margaritas a los chanchos" porque ciertamente, si hay una ciudad que yo haya conocido que no se merece un concierto de Bach, es Brandemburgo. Los conciertos de Las Toninas sería más adecuado. "Albacete concertos" hubiera sido más adecuado. Brandemburgo es gris, deprimente y está estancada en 1993, en una realidad alternativa donde el muro no ha caído y todavía existe el régimen de la DDR.

Nosotros no nos quedamos exactamente en la ciudad, si no a cinco kilómetros por la autopista, en un "Dauern Camping". Eso quiere decir, un lugar, junto a un típico-lago-alemán, donde cientos de personas que ya han sufrido la crisis de la mediana edad, compran por miles de euros casas rodantes para dejarlas varadas a orillas del agua. Las plantan en la tierra, rodeadas de jardincitos con duendes inclusive. Las equipan con todas las comodidades. Le ponen antena de telvisión. A las 9 de la mañana van a la orilla del lago a mirar con largavistas a los botes. Al mediodía cocinan y luego duermen la siesta. A las tres salen a remar, algunos. A las cinco se sientan en sus jardines, cada miembro de la pareja con una cerveza, las mujeres con un vaso, los hombres de la botella. Y no hablan. Nunca nadie habla. A las siete, encienden la televisión. Y dos o tres horas después, se duermen.

Ese fue el hermoso lugar elegido por alguien que yo sé pero no voy a decir quién es pero no soy yo y no es Matilda, para que pasásemos una semana entera.

Era un cementerio para vivos, para vivos que no viven protegidos por casas rodantes que no ruedan.

Por eso nos volvimos a Leipzig cinco días antes de lo planeado. Ese lugar nos pedía el alma a cambio de quedarnos, y no estábamos dispuestos a negociar.

Pero hice un grill por primera vez en la vida. Salió horrible, pero el fuego lo prendí lindo. Me gusta encender fuegos.

Después, me enamoré de otra mujer.

Murió hace 12 años, a la edad de 90. Pero yo no tengo pruritos.

Su nombre era Joyce Compton. Y me enamoré de ella, primero, por esta escena:



Y después porque su vida fue triste y extraña. Tenía el talento y era increíblemente hermosa, pero nunca logró despegar más allá de papeles secundarios y su estigma, la rubia tonta. Cuando cumplió los cuarenta, ya no pudo seguir trabajando. Nadie cuenta historias sobre mujeres de cuarenta, por eso la inmensa mayoría de las actrices de cine se quedan sin trabajo en ese tiempo, sobre todo si su carrera se había basado hasta entonces en ser "la chica" insulsa. Luego, años después, tal vez regresen, en parte por el factor nostalgia, y en parte porque siempre hace más falta una abuela que una madre. No sé por qué, habría que psicoanalizar a los guionistas algún día.

Joyce se hizo vieja pintando y dedicándose a su jardín. Dijo: "Hice algunas películas, pero por suerte hice muchos más amigos". Se casó una sola vez, con casi cincuenta años, y el matrimonio le duró tres meses. Era hija única. Vendió todos sus souvenirs de recuerdos de Hollywood y se retiró, con ochentaypico, en un hotel-hospital para viejas luminarias. Murió a los noventa. La quiero.


Posted at 24.8.09 by nataniel

 

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