free music


Free Web Counter

Free Hit Counter






   

<< September 2009 >>
Sun Mon Tue Wed Thu Fri Sat
 01 02 03 04 05
06 07 08 09 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30



MY Home Page



Free counter and web stats




free counters

If you want to be updated on this weblog Enter your email here:



rss feed



 
Wednesday, September 09, 2009
Las reales aventuras de Nataniel en Madrid.
Pasamos sin pagar, por supuesto. Yo era el barrilete de Fran. Me dejé guiar por entre una legión de hombres sudados de camisa a cuadros que se refregaban entre sí de forma tristemente heterosexual. Fran llegó a la esquina contraria a la entrada y me miró diciendo, esto no está nada bien. Normalmente su hermano pone la música, pero esa noche no estaba su hermano. Ni la música. Lo que sonaba era algo así como un lavarropas antiguo puesto en lavado largo.
"...imo... pa...jora...mos..." me gritó entre el ruido. Me pareció entender "Pedimos una copa y si esto no mejora nos vamos". Le dije está bien, pensando en qué querría decir que esto mejore. El lugar era tan normal, que ni siquiera el prospecto de quedarme mirando a la gente me parecía divertido.
Discutimos qué pedir, teníamos una sola copa gratis. Yo al principio entendí mal, y le dije que quería lo que tomo siempre. Él no quiso tomar eso y me propuso tomar algo que se llamaba "Hendrix con pepino". Me negué rotundamente a pedir nada que me obligase a decir la palabra "pepino" en voz alta, pero cuando entendí que la copa era una y había que compartirla, acepté. Fue en ese momento que aparecieron las dos chicas. Una era alta, altísima, interminable. Rubia, aunque no sé cuánto, y con un vestido negro ajustado que, en su inmensa flacura, la hacía confundirse con la oscuridad. Cuando las luces de la discoteca brillaban, ella aparecía. Cuando se apagaban, desaparecía. Era una chica estroboscópica. A su lado estaba la otra chica, que no era ninguna de estas cosas. Saludaron a Fran con gran afecto. Me las presentó, pero me olvidé los nombres antes de que terminase de pronunciarlos, como siempre. La chica alta me resultaba un tanto vulgar, pero su actitud y forma de desenvolverse eran las de alguien muy feliz de ser ella misma. Sabía que la novia del hermano de Fran trabajaba en la discoteca en un puesto importante, así que asumí que era ella. Unos diez minutos después, cuando tuve la oportunidad, lo pregunté. "No" me dijo Fran "La de la izquierda es la novia de mi hermano. La alta es la chica con la que estuve anoche". Fran me había hablado hacia un rato acerca de su aventura de la noche pasada con una modelo que había desaparecido por la mañana dejando una nota sobre la mesa. "Me hizo escuchar su música, y la odié. Le hice escuchar la mía, y la odió. Despues cada uno odió su propia música y eso fue todo". "¿Me voy?" pregunté, sabiendo que esa es la pregunta que nunca debe hacerse. "No" respondió. "Con esos tacones mide como medio metro más de lo que yo puedo manejar" Levanté los hombros y seguí tomando Hendrix con pepino. Miré la distribución de las luces en el techo. Miré al camarero trabajar. Le alcancé una pajita a un señor (las tenía en un vaso al lado mío). La modelo me presentó a dos chicas, que si la corrección política me lo permite, diré que eran profundamente lesbianas. Ni me acordé los nombres, ni intercambié una sola palabra con ellas después. Aún no entiendo por qué me presentó a esas dos chicas. Cuando quedaban menos de dos centilitros para irnos, la modelo se fue diciendo que iba al baño. Fran seguía hablando con entusiasmo con su cuñada. Cada tanto aparecía alguien y lo saludaba. En un momento apareció un clon de Arturo Puig en los años '70. Durante los tres minutos en los que nos saludó y nos habló con la misma sonrisa del famoso actor argentino, la pasé mejor que nunca. Arturo se fue, y volvió el aburrimiento, junto con la modelo, que se puso a bailar directamente frente a nosotros.
"¿Te das cuenta de lo que acaba de hacer?" me preguntó Fran después de compartirme una mirada.
Yo miré a la modelo. Estaba igual de flaca, igual de negro, igual de lánguida. ¿Habría hecho algún gesto obsceno que me perdí por estar buscando la instalación de los altavoces en el techo? ¿Habría intentado conquistar a un hombre que no digo le ganara en altura, pero al menos la combatiera? No podía saberlo. Dije lo primero que me vino a la cabeza: "¿Está bailando ostentosamente en el centro de tu campo visual?" "No" contestó Fran, y si hubiera tenido una pipa, esta es la pausa en la que le hubiera dado una pitada. "Se cambió los zapatos".
Y entonces miré. Los tacones habían desaparecido, y en su lugar, había dos sandalias chatas.
Me di cuenta enseguida de que ese no era mi guionista. Mi guionista es convencional, divide todos mis días en tres actos con dos puntos de giro. Hacia el mediodía siemrpe parece que los problemas se solucionan, pero en el último segundo el villano escapa. Hacia el anochecer, cuando todo parece perdido, tengo una repentina iluminación que me da la clave para solucionar todos los entuertos. Sus diálogos son repetitivos. Sus historias de amor siempre parecen imposibles. El mío es un guionista de tres al cuarto, de oficio, contratado por el sueldo mínimo y fácilmente reemplazable. Esa noche yo estaba actuando el guión de un autor. Uno que sabía que en los detalles estaba el secreto de la fuerza de una historia. Uno que había leído a Jack London, y entendía que una familia entera atada a la cima de un árbol para sobrevivir a un huracán es impresionante, pero que si le agregás a esa familia a una niña de 4 años, y a esa niña la agregás a su vez un pequeño gato apretado entre sus brazos, entonces el asunto te quita el aliento. Una vez más, yo era el personaje secundario en la película sobre mi propia vida.
Me terminé el Hendrix con pepino y me fui sin preguntar.
Posted at 9.9.09 by nataniel

 

Leave a Comment:

Name


Homepage (optional)


Comments




Previous Entry Home Next Entry