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Tuesday, June 21, 2011
Tararear.
Llego demasiado temprano al teatro. Me siento a leer el programa, lleno una encuesta, la entrego, reconozco en la persona que me recibe el papel a la chica que había cantado en el Cotton Club dos semanas atrás. Luego también reconozco a una vecina mía, muy neo-hippie y enrastada ella, a la que no saludo porque me da vergüenza, pero que se sienta detrás de mí cuando finalmente podemos entrar.

Es una silla sobre el escenario, cuatro altavoces de retorno y nada más. Después de todo, es la noche de apertura del festival A Capella en Leipzig. Las luces se bajan y sin ningún tipo de aspaviento, Bobby McFerrin se sienta en la silla y empieza a cantar.

El público alemán no es fácil, creo. Así como son increíblemente respetuosos del talento y del momento música en general (no se ponen a aplaudir siguiendo el ritmo, no gritan ni chiflan cuando algo les gusta, todas cosas que yo creo que cualquier música aprecia) por otro lado también pueden ser demasiado fríos, excesivos en su muestra de respeto. Esto que digo sobre su característica como público creo que puedo aplicarse a su característica como pueblo en general. Lo que sí puedo afirmar como ciencia exacta, es que subirse a un escenario y sentarse a cantar es para Bobby McFerrin el equivalente humano mortal de querer salir a la calle y encajar la llave en la cerradura para que se abra. Se hace a la perfección sin necesidad de preparase, pensar en ello ni calcular distancias. Todo lo que hace falta es asegurarse de tener la llave a mano, y McFerrin poco menos que nació con la llave en la mano.

Sus primeras dos o tres improvisaciones son breves y apenas ligeramente espectaculares. Yo, al menos, todavía me estoy acostumbrando a la idea de tener a este tipo al que tanto he escuchado, observado, compartido y admirado, dándome la espalda a apenas diez metros de distancia. Porque sí, estoy cerca, pero atrás. Tardé una media hora en verle la cara por primera vez, y cada vez que se levantaba para hacer una reverencia, me mostraba el culo. Era muy gracioso, y procuré pelear conmigo mismo para no quejarme mentalmente de esa situación. Cuando un asomo de mosca del quejo me revoloteaba por la cabeza, me imaginaba a mí mismo sentado en un bar, en ese mismo momento, ajeno a lo que pasaba dentro de la sala de conciertos. Era mucho mejor aplaudirle el culo.

Hubo muy pocas cosas que hiciera que no fuesen clásicos de su repertorio. El primer momento realmente brillante lo viví con su canción de Spontaneous Inventions que divide al público en dos mitades, cada una de ellas haciendo un pequeño riff vocal.


Yo no canto. Soy tan tímido, es increíble. Pero también por otro lado disfruto de observar lo que pasa, o tal vez esa sea la excusa que me invento para justificar mi timidez. Es igual, como excusa cumple su función. Podría decir, yo canté con el público con Bobby McFerrin, pero en lugar digo, yo escuché a mi alrededor al público cantar con Bobby McFerrin. Honestamente, me gusta más la segunda frase.

Este aspecto observador/tímido de mi forma de ser me haría arrepentirme/agradecerme más adelante, cuando la nena con las flores y McFerrin tarareando por la calle.

Casi como si estuviera navegando por Youtube, Bobby pasa de éxito en éxito sin mucho respiro. Primero Drive, en una versión un poco distraída.



Luego su clasiquísima versión de Blackbird, aún más de memoria:



Y por supuesto, su Gounod meets Bach, el Ave Maria cantado por el público mientras él interpreta el Preludio de Bach. En este caso, siendo la noche de apertura del festival, y estando en una de las salas de conciertos más importantes de Alemania, el público estaba plagado de excelentes cantantes, por lo que la interpretación, a pesar de que ya la había escuchado hasta el hartazgo en sus versiones grabadas, es demoledora.
 


Ayuda la presencia de profesionales del canto a su otro standard, el de la Escala Instintiva, donde aprovecha para jugar un poco más.



Otra que es nueva para mí es una preciosa versión-con-público de I still Haven`t Found What I`m Looking For.



Y entonces empieza lo que seré el corazón del concierto, el momento en el que McFerrin mueve a un lado su silla -me permite verle la cara al fin- se pone de pie y dice: "Ahora quisiera invitar a alguien que tenga ganas de bailar al escenario. Me da igual lo que sea, free jazz, contemporáneo, ballet, tap, cualquier cosa".

No hay respuesta del público, sólo risas nerviosas.

McFerrin repite la invitación. Y entonces, desde atrás, escucho la voz de mi vecina que se pone de pie y grita: "I`m coming!"

Como estamos en el segundo piso, mi vecina tiene que salir, prácticamente darle la vuelta entera al teatro para llegar al escenario. McFerrin la espera improvisando con el público. "We are waiting" cantan todos. Como dos minutos más tarde, aparece mi vecina. En el escenario sus rastas neohippies se transforman en un enorme tentáculo de pulpo rubio, esas cosas que tienen los escenarios, todo se vuelve más épico allí.

Bobby se sienta a un costado, le señala el centro del escenario y le dice: "Ese es tu espacio" y empieza a cantar. Mi vecina baila lo que podríamos decir si quisiéramos matar lo que la gente hace con nombres; "danza contemporánea". Sus movimientos son libres, y decide hacerlos pequeños, como la música que McFerrin le inventa. Las asociaciones con mi propia historia corren desbocadas en mi cabeza, y el momento de casi silencio y sobre todo, el final, en el que McFerrin respira pesadamente y mi vecina baila su respiración, me dejan una bolsa de arena en el corazón de la que todavía no termino de encontrar el peso exacto, como si llevara desde anoche buscando el punto en el que la pesa de metal hace equilibrio sin tocar el límite de arriba ni el de abajo.

 

Luego le toca el turno a los cantantes. McFerrin nunca llama a "cantantes entre el público", sino simplemente a "alguien que quiera subir a cantar". Eso da lugar a alguno encuentros un poco extraños, como en el caso de la primera persona que sube al escenario, una mujer enormemente obesa que quiere cantar una canción folklórica alemana. "Bueno, probablemente no la conozca" le dice McFerrin, pero a la señora le da igual, ella quiere cantar esa canción, y lo hace, con una voz nada profesional, pero poderosa y emocionante de todos modos. McFerrin necesita la totalidad de tres segundos para encontrar los acordes de la canción y arpegiarlos con la voz.

En total son cuatro los personajes del público con la valentía y el talento necesarios para aguantar dos minutos en un Death Match musical con Mr. Voz, y todos lo hacen maravillosamente. A estos se le suman invitaciones directas de Bobby, como el grupo vocal Amarcord y una imponente latina que improvisa una salsa de ponerse a temblar.
 


También hace su tradicional "todo al mundo al escenario", o "Coro Instantáneo" que a pesar de no ser tan lindo como el del video que adjunto abajo -que sucedió en Brasil, obvio- también tuvo sus bellos momentos, solo de nena cantora incluido.



Su último tema yo no lo conozco. Le ponen un reverb aún más poderoso de lo normal, y lo aprovecha deteniendo el tiempo con un hilo de voz que parece quebrarse pero es completamente irrompible.



Después de casi dos horas de cantar sin parar, Bobby McFerrin está cansado y se nota. Hace cantar al público Over The Rainbow con un bellísimo arreglo para, ejem, público y voz, y se despide con un "buenas noches, que duerman bien".

La gente, por supuesto, no para de aplaudir. Aquí yo también participio, porque en estos casos da más vergüenza no participar que participar, y porque también quiero que no se termine. Bobby sale nuevamente al escenario y dice: "No me pidan que cante nada, pero si quieren háganme preguntas". La imaginación preguntera del público -la mía incluida- es bastante pobre. "¿Cómo definirías tu música?" siendo la más horrenda de las preguntas, y la de un adolescente "¿Te cantaban canciones de cuna cuando eras chico?" la más linda. Alguien le pide que cante el Vocalise de Rachmaninov, a lo que él responde "llevo cantando dos horas sin parar, no podría hacerlo aunque quisiera", pero enseguida de todos modos lo intenta, lo cual me cayó muy bien. Después de unos treinta segundos de algo que a mí no me sonó al Vocalise pero igual fue hermoso, volvió a decir buenas noches y desapareció. La gente aplaudió (dimos) tal vez unos quince minutos sin parar.

Una nena y su papá se pusieron en la base del escenario. La nena tenía un ramo de flores en la mano. Miraba impaciente a la puerta de entrada al escenario. El papá se sentó detrás, en la escalera, observando.

De pronto me di cuenta que esa nena con ese ramo de flores, esperando impaciente, nerviosísima, la reaparición de Bobby McFerrin para regalarle unas flores se había transformado en algo más importante que el regreso del propio músico. No podía empezar a imaginarme la decepción y la tristeza de la pobre nena si sus flores se quedaban en su mano. Hasta sentí bronca por Robert McFerrin. ¿Cómo se le ocurre hacerle eso a esa nena? ¿Es que nadie puede avisarle que tiene que salir sí o sí? ¿Es que ya nadie piensa en los niños?

Parece que no, porque a Bobby McFerrin ya no se lo vio más en el escenario. El gesto de la nena, mirando a su padre, quien levantaba los brazos y ponía cara de apenado, me rompió el corazón. Son esos momentos en que lo nenes no saben cómo reaccionar, y se transforman en un glitch de videojuego, personajes cuya programación se contradice con la programación de su entorno. No necesariamente ella estuviese muy triste, estaba sencillamente confundida y no sabía cómo continuar actuando.

Bajé las escaleras corriendo, busqué mi bicicleta y me fui, distraídamente, como si ni yo mismo quisiera darme cuenta, a la parte de atrás del teatro. Allí estaban la nena y el padre, pero en lugar de esperar la salida del músico, le habían dado a una persona X de la organización las flores. Yo, desde unos veinte metros, subido a mi bicicleta, observé como padre e hija se alejaban. La hija parecía contenta, un poco mejor que cuando estaba esperando junto al escenario, pero tal vez en realidad más resignada que satisfecha. El padre cada tanto daba la media vuelta para mirar si McFerrin salía. Padre e hija estaban a cincuenta metros de distancia girando la esquina, cuando Bobby McFerrin salió del teatro.

Tenía las flores de la nena en la mano.

Y este fue el momento en el que me lamenté, ahora sí, de ser siempre más espectador que protagonista. Tenía la bicicleta, podría haber volado a decirle a padre e hija: ¡ahí está!  ¡Sin dan la vuelta lo encuentran! Pero la sola idea de armar la frase gramaticalmente correcta en alemán en la cabeza me paralizó, y no dije nada. McFerrin se sacó dos fotos, firmó un autógrafo, y salió caminando, acompañado por una alta rubia de la organización.

Me acordé entonces de Diego Pinto. Una vez se lo cruzó, caminando por la calle, a Woody Allen. A pesar de ser un inmenso fan de su trabajo, Diego no le dijo absolutamente nada. Lo único que hizo fue caminar cerca suyo un rato. Diego Pinto caminó por Madrid acompañando en silencio a Woody Allen. Yo siempre me pregunté cómo reaccionaría en caso de encontrarme a una de las tres personas del universo a las que considero leyendas vivientes y no son mi abuelo Roberto, y siempre coincidí en que el mejor regalo que puedo hacerles es dejarlos en paz. Cada día, durante décadas, estos personajes han recibido halagos, han causado llantos, risas, emotivos discursos. Difícilmente yo tenga algo que vaya a sorprenderlos, que vaya a quedarles en la memoria. Si voy a ser olvidado de todos modos, ¿por qué no serlo como corresponde?

Caminé junto a Bobby McFerrin mientras se dirigía -¡a pie!- hacia su hotel, y escuché que mientras caminaba, no paraba de tararear. Y lo más increíble es el asunto mencionado de la épica del escenario. En el escenario, McFerrin es inmenso y atemporal, una fuerza del arte que es al mismo tiempo un unificador de seres humanos y una radio que trasmite directamente desde el más allá. Caminando por la calle es un tipito ya mayor, entrado en canas, de 61 años, bajito y un tanto encorvado, que tararea distraídamente mientras camina, como nosotros.   

Posted at 21.6.11 by nataniel
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Sunday, June 05, 2011
A veces me gusta, y a veces no.

Escrito para el blog de Fernando de Vedia (http://fernandodevedia.com/blog/)

Es lunes. Voy a buscar a la salida del jardín a mi hija Matilda, de 3 años y medio. Todos los lunes a la tarde tiene clase de danza. No danza clásica, pobrecita, sino más bien expresión corporal. Desde hace algunas semanas, sin embargo, se niega a entrar, llora, o pide que la mamá o yo nos quedemos dentro de la sala, lo que va en contra de las reglas de la profesora.
Mi mujer es mucho más estricta que yo, en general, en todas las cuestiones que tienen que ver con la educación de nuestra hija. Ella me había dicho el día anterior que quería que Matilda volviese a intentarlo, porque no teníamos que acostumbrarla a abandonar las cosas. A mí me sonaba a una preocupación un tanto exagerada para alguien de la edad de mi hija, pero teniendo en cuenta que “abandonar las cosas” es algo que yo también hago con demasiada frecuencia, me decidí a hacerle caso a mi mujer y llevar a Matilda una vez más a danza.
Para no agitar las aguas desde demasiado temprano, no le digo nada acerca de nuestro destino. La subo a la bicicleta, andamos unas cuadras, nos reímos y nos contamos lo que hicimos en el día, como siempre. Cuando ve que el camino se desvía del que nos lleva a casa, se da cuenta.
- No quiero ir a danza.- dice entonces.
Yo no había preparado un speech para la ocasión, por lo que me veo con la guardia baja y todavía seis cuadras para llegar al estudio.
- Hacemos así- improviso- vamos, te ponemos la ropa y vemos qué pasa. Si tenés ganas, bailás, y si no, no.
Silencio.
- No quiero ir a danza - es toda su respuesta.
Llegamos. No cambia su cara larga. Estando enamorado como estoy, no puedo evitar sentir que tengo que subirla a la bicicleta de nuevo y llevarla a casa. Pero imaginarme la escena de la explicación a la madre me quita toda la valentía. Evidentemente de por sí no tengo mucha.
Mientras la cambio, parece que llegamos a un acuerdo.
- Mirá, vos entrás a bailar, y yo me quedo sentado justo afuera, del otro lado de la puerta, esperando. Cualquier cosa que necesites; ir al baño, tomar agua, lo que sea, yo voy a estar ahí, sólo tenés que abrir la puerta.
Matilda ríe y se entusiasma.
- ¿Hacemos así?- le digo, estirando la mano, que es el ritual para hace tratos entre nosotros.
- Hacemos así- responde, y estrecha mi mano.Todo es alegría y colores. Le encanta ponerse las zapatillas, la ropa de deporte. Habla de las amigas, compañeras del jardín que también asisten a la misma clase, de lo que vamos a hacer cuando termine.
En la puerta del salón, ante la mirada de los otros padres y la maestra, se abraza a mi pierna como una garrapata a la oreja de un perro y no responde a nada que nadie le diga.
La maestra, alemanísima, lo hace todo más difícil diciendo:
- El papá no puede entrar a la clase hoy.
Matilda se aferra más fuerte.
Sé que no voy a poder tirarla dentro del salón y esperar a que se quede. Eso significaría llantos y gritos, dos cosas con las que no me llevo bien, excepto cuando son realmente necesarios.
Me siento en el piso del pasillo en medio de todos los padres. Matilda se sienta en mi regazo.
- Nos quedamos acá- le digo a la maestra- y vemos qué pasa.
El pasillo es pequeño, no es un lugar para estar sentado. Los padres dejan a sus hijos y pasan por arriba nuestro, sin saber si sonreír comprensivos o juzgantes.
La puerta se cierra, nos quedamos a medio oscuras.
Son las 15:45.
La clase dura cuarenta y cinco minutos. Yo pienso -deseo- que Matilda se aburra en diez o doce minutos, y se decida a entrar cuando escuche a los nenes divirtiéndose.

Decido también no interactuar con ella. Recuesto la cabeza en la pared, no la tomo de las manos ni le hago mimos. No quiero que esté demasiado cómoda. Ese es mi gran plan.

15:55
Mati sigue sentada. Y nada más.
- ¿Por qué mirás para arriba?- me pregunta de pronto.
- Estoy descansando la cabeza- le digo.
15:57
Mis doce minutos pasaron, y yo estoy mucho más aburrido que ella.
Le pregunto por quinta vez en el día:
- ¿Por qué no te gusta danza?
- No sé.
- ¿Qué es lo que te parece más feo de todo?
- La música.
- ¿La música?
- Sí.
Quiero defender la música, pero en ese momento precisamente suena una espantosa canción ochentera.
- ¿Y qué otra cosa?
- El ruido que hacen los nenes… así…- dice, y golpea en el piso los pies.
- ¿Y la maestra, Susanne, te gusta?
- A veces sí - me dice- pero el otro día me gritó para que me quedara en el salón y yo quería ir a ver a mamá y por eso a veces no me gusta.
Me quedo en silencio.
16:10
- ¿Y Klara y Lena no son tus amigas?- recordarle a sus amigas había funcionado en otros casos.
- Son mis amigas- dice Matilda- En el jardín. Ahí las quiero mucho. Acá no es el jardín.
No puedo seguir preguntándole, o su lógica irrefutable iba a dejarme sin palabras por el resto del día. Suspiro, miro el reloj por última vez (pasamos media hora ahí sentados) y me doy cuenta de que, a veces, los chicos simplemente no quieren.
Y eso es tan bueno como querer.
Nos vestimos, subimos a la bicicleta, y nos vamos a jugar a casa.
Ya encontraremos cómo explicárselo a mamá entre los dos.

Posted at 5.6.11 by nataniel
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Friday, April 01, 2011
¿Melanie habla inglés?

Fue por esos días que empezó la guerra de Irak, la última hasta ahora, no la del 91. Yo trabajaba en el Pobre Gaspar, un bar sobretodo de tés y cafés en la esquina de 2 de Mayo con La Palma, en Madrid. Leía los diarios y quería detener la guerra yo solo. Conocí entonces a un montón de gente que también querían lo mismo. Por mis tiempos de vivir en la Iglesia de San Ambrosio tenía referencias de cosas que pasaban entre la gentuza de la cultura, y supe que estaban organizándose para protestar.

No sé, hoy tengo una visión un poco más cínica –o decepcionada- de ese ambiente, pero por entonces me parecía genial que Almodóvar se pusiera un garimbaldito de No a la guerra y que Alberto San Juan y Guillermo Toledo presentando los Goya tuvieran unas cutrísimas camisetas de No a la guerra y que Michael Moore en la entrega de los Oscars se cagara en Bush y su familia. Bonito favor le hicieron a los irakíes con tanta protestadera. Pero bueno, lo que yo pensaba entonces, y me parece que un poco de razón tenía, es que la protesta tenía un argumento muy claro y concreto: que España no participara en la invasión de Irak. Es fácil olvidarse, pero por esos días Aznar salía en televisión chupándole el bastón presidencial a Bush cada día, y una vez se encontraron los tres –Georgie, Jose María y Tony- en una isla portuguesa a decir que eran la madre de todas las coaliciones. Daba mucha bronca, y al mismo tiempo, todos los periódicos –incluso los derechosos con culpa, como El Mundo- proclamaban que según las encuestas, más del 90% de la población estaba en contra de la participación en la guerra. Todo esto, además, desembocó finalmente en unos atentados que, para mí, fueron el momento colectivo más traumático que viví. Pero claro, yo no estuve en Argentina en diciembre del 2001. Capaz algún día me perdone esa ausencia.

 

Para cuando la „Plataforma de Cultura contra la Guerra" (?) convocó o ayudó a convocar a la primera manifestación, yo ya estaba metido, como siempre, hasta el cogote. Repito, las medias tintas no existían para entonces.

 

A la primera manifestación asistieron, según la policía, novecientas mil personas.

 

Diálogo.

 

Fue la época de recitar junto a Jacob, el día de conocerlo,  „la gallina dijo eureka" de memoria, de inventar junto a Lluvia el nombre „garimbalditos" –nombre que además daríamos a nuestra familia en Los Sims-,  de sentirme inexplicablemente intimidado por Melanie Olivares, de ser subestimado por Jordi Dauder.

Este diálogo real fue recordado por siempre:

JORDI DAUDER, o Uderdajordi, está al teléfono. Aparentemente unos periodistas extranjeros necesitan algo de información sobre la Plataforma. Yo pertenezco al grupo de los siete u ocho que están allí casi las 24 horas del día, trabajando como locos, sin perdernos un detalle de lo que pasa. Entonces Dauder tapa el micrófono del teléfono y pregunta a todos:

 ¿Alguien aquí sabe inglés? (Por favor imaginar voz de bajo en un hombre que actúa como el puercoespín de Toy Story 3, todo el rato.)

 Yo, como siempre, espero por si alguien dice algo.

 Nada.

 JORDI: ¿Alguien sabe inglés, por favor?

 YO (tímidamente): Yo.

 JORDI: ¿Alguien que sepa inglés?

 YO (con más firmeza) Yo sé inglés.

 JORDI me mira por primera vez. Daría la impresión de que de pronto la lengüeta de su zapato derecho hubiera aprendido a hablar.

 JORDI: ¿Alguien que pueda dar una información en inglés...?

 YO ........yo sé inglés...

 JORDI hace una pausa.

 JORDI (a Jacob): ¿Melanie sabe inglés?

 

JORDI fue el mismo que, después de una breve reunión, mandó a todo el mundo a hacer cosas importantes –por alguna razón tomó una especie de liderazgo durante como tres días- y a mí me mandó a hacer fotocopias.

 

Me pregunto qué cosas importantes estará haciendo Jordi Dauder estos días.


 

 Entrega de premios

 

Durante el encierro en Vallecas fui a la ceremonia de entrega de premios de la Unión de Actores. Guillermo Toledo estaba nominado por no sé qué cosa en televisión, y se le ocurrió una idea muy linda. Le dejó su lugar a Edgardo, un uruguayo personajísimo, actor y payaso. Entre todos escribimos un discurso –en el encierro me querían un poco más y yo era el „redactor para todo"- y en caso de que Toledo ganase, Edgardo subiría a recoger el premio y diría el discurso contra la Ley de Extranjería y esas cosas. Edgardo se lustró hasta la punta de la nariz, estaba elegantísimo. Ensayó una y otra vez su discurso, más nervioso que no se qué; era un tipo muy tierno y en algún punto un poco raro, como todos los payasos. Fuimos con él y Vanesa a la entrega de premios, y por supuesto Toledo no ganó. Fue realmente una injusticia. No quiero imaginar cómo se debe haber sentido Edgardo cuando no escuchó „su" nombre. Quien sea que haya ganado el premio a actor de reparto en serie de televisión en febrero de 2001, fue una injusticia: sépalo.

 En los días de la Plataforma también asistí a esa misma entrega de premios. Es una entrega de premios rara, a pesar de que se la dan entre ellos, siempre tuve la impresión de que nominaban, como todos, a las cosas más populares. No sé, no tengo ni idea de lo que hablo. Esta vez fui acompañado por Jacob. Juan Botto, el ícono de la Plataforma, dio un breve y elegante discurso, tal vez un poco demasiado ligeramente sexy para mi gusto, pero así era él. Ya todos habían dicho su parte, la Guerra de Irak era el tema del momento (en ese tiempo fui a ver a Paul McCartney en Barcelona, y absolutamente de la nada el estadio entero empezó a gritar No a la Guerra) por eso creo que nadie estaba preparado para el discurso de Vicente X, cuyo apellido no era X sino que no lo recuerdo. Vicente Equis era como Jordi Dauder, pero nivel 3 en lugar de 5. Con un par más de experience points hubiera llegado a igualarlo, a pesar de que, creo, tenían más o menos la misma edad. Los dos eran igualmente teatrales, ese tipo de personactores que jamás se relajan ni logran bajar del escenario. En todo caso, Vicente Equis se plantó frente al micrófono y tuvieron que sacarlo con una excavadora. Su discursó duró más de veinte minutos. La gente vivió un momento parecido al del famosos discurso de Alejandro Romay en los Martin Fierro –qué viejo soy-, primero lo celebraron porque hablaba „en nombre de la Plataforma" y todos se entusiasmaron gritando cantitos y apoyándolo, un rato más tarde todos se pusieron incómodos y ligeramente nerviosos (recuerdo a Botto, que estaba en el escenario, tapándose la cara), y finalmente todos abrazaron lo absurdo del momento y, de alguna forma, lo ridiculizaron, probablemente para poder sentirse cómodos otra vez. Es un interesante viaje de identificación-desidentificación, todos somos el individuo que tenemos enfrente, o estamos contra él, o nos reímos de él. Cuando no podemos hacer ninguna de las tres cosas no sabemos qué hacer con nuestra propia existencia.

 Zaptero

 

Fue también por esos días que obligué a José Luis Rodríguez Zapatero a poner su firma en un papel, y no para pedirle un autógrafo.

 Era un concierto, organizado también por la Plataforma, aunque a decir verdad, éste acto en particular estuvo más organizado por la cúpula invisible que por la Plataforma en sí. La cúpula invisible eran las mega-stars progres que aparecían una vez cada dos semanas y traían consigo las cámaras, con lo cual, para la prensa, representaban al movimiento, a pesar de que nosotros apenas si intercambiábamos dos palabras con ellos. Más bien, nosotros nos levantábamos a las cinco de la mañana para ir a buscar la furgoneta para ir a buscar las mesas para llevarlas al lugar y colocarlas y luego buscar las camisetas y luego los carteles que habia que colgar y tener todo listo para las doce que llegaban los periodistas y a la una llegaban „ellos" y decían tres palabras y se iban.

Supongo que siempre es así.

„Ellos" en este caso particular, eran Ana Belén y Victor Manuel (dos personas, ningún apellido) que movieron sus hilos para que el concierto, y esto es real, tuviera a los mejores artistas y a Alex Ubago.

Honestamente, de los que asistieron a ese concierto, yo recuerdo solamente a Sabina, Drexler, Miguel Rios, la verdad es que ni me acuerdo si fue Ubago.

Es que, como siempre, nosotros estábamos detrás, poniendo y pegando, colgando y escribiendo, cargando y descargando.

Lo más divertido era vender las camisetas. Siempre acompañados de algún actorcete que hacía venir a la gente como a la miel, teníamos nuestra tienda de merchandising antibélico, del que, si hubiéramos tenido todos un porcentaje de la venta, podríamos habernos tomado unas lindas vacaciones.

En todo este barullo apareció Zapatero, por entonces abanderado del progresismo, primo segundo del Che Guevara, la imagen misma de la esperanza y el porvenir. Llegó con un enjambre de señores de traje y cámaras de televisión, y se acercó a la mesa donde vendíamos las camisetas. Creo que éramos Nacho López y yo los que estábamos allí, pero podría haber sido más gente, yo no los conocía a todos. Desde luego, la persona que estaba al lado mío y yo estábamos delante de todo, y fuimos los receptores de un apretón de manos del futuro presidente del estado español. Nosotros recogíamos firmas –llegamos a juntar dos milloncitos nada más y nada menos- y yo tuve inexplicablemente la imagen mental de „Foto en el periódico de Rodríguez Zapatero firmando contra la guerra de Irak junto a reconocido actor televisivo y sonriente perunchi", y le dije, palabras textuales:

-          ¡¡Firme, Zapatero!!

Zapatero tenía tres opciones: La primera, golpear los talones y saludar militarmente, la segunda, firmar el papel y la tercera, esquivar el bulto.

-          Ya he firmado- me dijo, porque es político con lo cual su primera reacción en siempre la tercera.

-          ¡¡Firme Igual!!- le grité, como puesto de cocaína. Me parece que a Zapatero le dio miedo mi mirada enloquecida producto de la adrenalina, el caso es que se agachó y Jose Luis Rodríguez Zapatero, cual Don Rodrigo Díaz de Carreras, firmó.

Mientras firmaba miré a mi alrededor. Ni un puto periodista se dio cuenta de mi genial estrategia.

Zapatero nos devolvió el lapicero, nos dio la mano nuevamente y se alejó a tener un triste desempeño político en el futuro del país.

 

Diálogo final para cerrar este anecdotario para siempre.

 

JESUS (mi querido amigo): Nico, ven que está Miguel Rios, y tú dices que el rock español no es muy bueno, así escuchas a un buen rockero español!

YO: Dale, vamos!

MIGUEL RIOS: El es menor, ella es normal, y lo que están haciendo es un pecado mortaaal!

 

 

Fin.

 


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Wednesday, January 12, 2011
Mis trece libros del 2010.
Mi querido Rodrigo Taramna, con quién me unen un montón de anécdotas que nunca vivimos, hizo en su propio blaugh una lista de todos los libros que había leído en el 2010. Son cuarentaycuatro.

No sé cómo hace, aunque mi experiencia me dice que hay tiempos que él utilizó para leer que yo utilicé para, por ejemplo, aprender a usar el Guitar Hero y cosas así. En fin.

Esta es mi lista de libros leídos el pasado año. Como son pocos, pongo al lado el fragmento del libro que más me haya impresionado por cualquier motivo, y si no pongo nada, es que nada me impresionó.

1 - Trilogy (an experiment in multimedia) - Truman Capote, Frank y Laura Perry.

2 - The actual - Saul Bellow - Love object would be the commonest convenient term to indicate what Amy became to me. But where does that leave her? Suppose, instead of "love object", you were to say "door", what sort of door? Does it have a knob; it is old or new, smooth or bathered, does it lead anywhere?

3 - Motoristas tranquilos, toros salvajes (Peter Biskind)

4 - El último lector - Ricardo Piglia.

5 - El libro de las tierras vírgenes - Rudyard Kipling.

6 - Puck - Rudyard Kipling.

7 - El lirio del valle - Honore de Balzac - Pero para nosotros existe un tercer estado, cuyas desgracias no conocen más que las personas afectadas por la misma enfermedad, y entre las que existen comprensiones fraternales; puede ocurrirnos no estar impresionados bien ni mal, pero, entonces, un órgano expresivo cualquiera se apasiona sin objeto y lanza sonidos inarmónicos; especie de contradicción del alma que se revuelve contra la inutilidad de la nada, fuego que se extenúa, en el que nuestro poder se escapa, como la sangre por una herida desconocida. La sensibilidad corre a torrentes, y esto ocasiona desfallecimientos e inexplicables melancolías, que ni aun en el confesionario pueden revelarse. ¿No he expresado nuestros dolores comunes? /Entonces, la condesa, sin apartar la vista del sol, que se ocultaba, me dijo: / -¿Cómo sabe usted eso siendo tan joven? ¿Acaso ha sido usted mujer?

8 - La piel de zapa - Honore de Balzac - Una pupilas ardientes, ocultas por un velo de encaje, que traspasan las miradas, como el fogonazo rasga la humareda de un cañonazo. / El mundo abomina de los dolores y de los infortunios, los teme como a la peste, y no titubea entre ellos y los vicios. El vicio es un lujo. Por majestuosa que sea una desgracia, la sociedad sabe empequeñecerla, ridiculizarla con un epigrama (...) Y tú, rey de los lacayos sin librea, desvergonzado parásito, deja tu personalidad en casa, digiere como digiera tu anfitrión, hazle coro en sus risas y en sus llantos, regocíjate con sus chistosas ocurrencias, y si quieres denigrarle aguarda su caída; así es como la sociedad honra la desgracia, la mata o la ahuyenta, la envilece o la expurga.

9 - Guía del autoestopista galáctico - Douglas Adams - Quizás, ¿a quién le importa? -dijo Startibarfast antes de que Arthur se emocionara demasiado y prosiguió - Tal vez esté viejo y cansado pero siempre he pensado que las posibilidades de descubrir lo que realmente pasa son tan absurdamente remotas, que lo único que puede hacerse es decir: olvídalo y mantente ocupado. Fíjate en mí, yo proyecto líneas costeras. Me dieron un premio por Noruega.

10 -  Los detectives salvajes - Roberto Bolaño - Hasta aquí llega la poesía, esa mala pécora que me ha acompañado a traición durante tantos años. Olet lucernam. Ahora sería conveniente contar dos o tres chistes, pero sólo se me ocurre uno, así de pronto, sólo uno, y para mayor inri de gallegos. No sé si ustedes lo saben. Va una persona y se pone a caminar por un bosque. Yo mismo, por ejemplo, estoy caminando por un bosque, como el Parco di Traiano o las Terme di Traiano, pero a lo bestia y sin tanta deforestación. Y va esa persona, voy yo caminando por el bosque y me encuentro a quinientos mil gallegos que van caminando y llorando. Y entonces yo me detengo (gigante gentil, gigante curioso por última vez) y les pregunto por qué lloran. Y uno de los gallegos se detiene y me dice: porque estamos sos y nos hemos perdido.

11 - El olvido que seremos - Hector Abad Faciolice - Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. En un cuaderno de apuntes (...) escribió lo siguiente: "Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz" (...) Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años,. es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres.

12 - Cuentos carnívoros - Bernard Quiriny - A menudo Pierre decía que el alma de un país cabe en una frase o un poema. A propósito de Chile, donde tenía muchos amigos y cuya geografía alargada lo fascinaba, citaba un maravilloso poema de Vicente Huidobro:
Los cuatro puntos cardinales
son tres:
el norte
y
el sur.

13 - El tio Goriot - Honore de Balzac - Si el corazón humano se toma descansos al ascender a las cimas del afecto, es muy raro que se detenga, en la rápida pendiente de los sentimientos de odio. / Yo amo más a mis hijas de lo que Dios ama al mundo, porque el mundo no es tan bello como Dios, y mis hijas son más bellas que yo.

Posted at 12.1.11 by nataniel
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Friday, December 17, 2010
Comunicaciones Internas, parte II
Yo entré a trabajar un lunes, y el jueves ya me tocó ir a cantar canciones loando a la empresa. En vez de ir a la oficina, iríamos, desde muy temprano, a un club en San Isidro –como no- donde comeríamos un asado y haríamos… no recuerdo ahora la expresión exacta, lo llamaban Jornadas de Trabajo en Equipo o alguna payasada por el estilo. Adoctrinamiento empresarial, lo llamaría yo, sumado a análisis de los empleados con la guardia baja.
Yo, por alguna razón, decidí ponerme mi camiseta de Matilda (la de Roald Dahl, recuerden que esto fue un anio antes del nacimiento de la de carne y hueso) y un pantalón de jean con un agujero en la rodilla. ¿Por qué? No sé. Me gustaría decir que era una forma de silenciosa protesta, pero la verdad es que me sentí más incómodo que otra cosa. Quiero decir, AÚN más incómodo, pues ya solo el hecho de estar ahí, rodeado de esas mentes geniales del marketing, era una ofrenda directa y sanguinaria a mi apatía social. Pero me voy por las ramas.
Primero debimos sentarnos en círculo. Los empleados, en sillas comunes y cualunques, los gerentes, detrás de unas mesas como de examen universitario. El concepto de equipo ya se había ido al demonio en el minuto uno. El gerente mayor de la sección, no se sentaba. Vestido con un elegante joggin de gimnasia, a la Maradona antes de los trajes, se mantenía de pie a una prudente distancia, y acotaba cada tanto alguna frase. Cuando empecé a ver Mad Men me sorprendió lo fantásticamente bien que interpretaba Jon Hamm a ese Donald Drape absolutamente seguro de su poder, de su posición en una empresa, esa afabilidad infinitamente distante que, sin ser despectivo –cualidad exclusiva de los malos jefes- dice constantemente, yo sé dónde estoy, yo sé lo que hago, yo sé lo que valgo, podés intentarlo, pero nunca serás como yo. ¡Qué diferencia tan grande con nuestras torpes psiquis! ¡Qué rico y variado es nuestro universo!
En fin.
En ese ambiente de jerarquías auto-culpables hubo una charla sobre el estado de la unión. Por aquel entonces la compania estaba viviendo una fusión con otra compania que se dedicaba a lo mismo –ya ni me acuerdo cómo se llamaba- y estaban todos, digamos, cagados en las patas, pues no se sabía quién se iba, quién se quedaba, que pisos serían serruchados y cuales galardonados. En un ambiente en el que todos habían sido educados para amar la “propia” empresa y despreciar a “los otros”, una fusión semejante era algo totalmente anti-natural, y los tenía muy alterados.
Pobres.
Había un compañero que era considerado “el hippie”. Se dedicaba, creo, a la parte de marketing que realizaba las obras de beneficencia, algo así como la ONG de la empresa (en el departamento de marketing, of course). Un viernes fue a trabajar con una camisola de esas muy de moda en los noventa, no decolorada a los Flower Power, simplemente de colores opacos y unas cintas en el pecho. Yo, que me sentaba al lado, escuché como lo cargaron durante todo el día por usar esa camisola. “Te hiciste Toba?” y cosas así. Un dia mencionó a Johnny Cash. “Quién es ese?” preguntaron todos. “Es como Silvio Rodríguez, pero en inglés, viste?” contestó el único que lo había oído nombrar. Este chico fue el único de los empleados que llevó un cuaderno, anotó lo que decían los jefes, y en un momento alzó la mano y preguntó algo. No era una pregunta escandalosa, era simplemente alguien que se interesaba por ir un poco más a fondo, supongo. Pero todos ponían cara de “ya está este otra vez”. No digo que fuese el único que valía la pena, ni siquiera era especialmente simpático. Pero al menos le gustaba Johnny Cash.
Terminada la interesantísima charla, comenzó la diversión. Para la diversión habían contratado a un señor. Yo aún no había visto The Office, pero de haberla visto, hubiera pensado inmediatamente en el calvo que va a mostrarles las diapositivas sobre, justamente, el trabajo en equipo, un capítulo impresionante que termina con David Brent cantando Free Love in the Frelove Freeway, sin duda uno de los mejores momentos de la historia de la televisión. Pues bien, esto fue lo mismo, pero sin Ricky Gervais, ni Martin Freeman, ni Dawn, ni Gareth. Imagínense eso.
El tipo había colocado muchas cosas en una mesa a la que había tapado con anterioridad, de forma que no podíamos saber lo que se ocultaba allí. Dijo algunas palabras sobre los problemas que conlleva la fusión de dos empresas –ayudado, por supuesto, con dibujos, que él mismo hacía en una pizarrita-, luego nos dividió en cuatro grupos, descubrió el contenido de la mesa, y nos dijo, con estos elementos, han de realizar una pequenia obra/presentación en la que nos cuenten cómo ven el pasado, el presente y el futuro de la empresa.
En la mesa había objetos de cotillón. Globos, gorros graciosos, silbatos, pelucas.
Yo no podía moverme de la silla.
Mi equipo estaba conformado por dos chicas jóvenes de la sección disenio que parecían, en principio, tan desconcertadas como yo. Me acerqué a ellas a hacer algún comentario, algo que, moderadamente, dejase entrever que lo que estaba pasando era ABSOLUTAMENTE DELIRANTE. La chica me dijo con los ojos, SI, pero con la boca me dio una respuesta de presidente a medio camino de su mandato. El cuarto integrante del equipo era invisible, un hombre? Joven? Mujer? De 30? 40? Anios, con gafas, que era “creativo”. Quiero hacer hincapié en esas dos comillas que cuelgan a cada lado de la palabra.
Me dije, bueno, todo por la anécdota, y empecé a dar ideas. “Y si…?” La chica decía, está bueno. El creativo, el único senior de todos nosotros –las chicas llevaban pocos meses trabajando- no decía nada. “Y si…?” cambié de idea. La chica asentía con la cabeza. El creativo no reaccionaba. Tiré una tercera idea. “Para la parte del futuro, deberíamos hacer que vos vas a decir algo, pero te llaman por teléfono, y entonces lo vas a decir vos, pero te llaman por teléfono, y así, y entonces es que el futuro nos va a encontrar trabajando y muy ocupados”. “Está bueno” repitió la chica, que evidentemente hubiera dicho que sí a cualquier cosa. El creativo, como si lloviese.
La idea del creativo fue la siguiente: inflar cuatro globos. Dibujarles un signo de interrogación.
Fin.
Las presentaciones fueron una más lamentable que la otra. Yo no quiero decir qué empresa era, pero digamos que no se destacan por tener muy buenas publicidades. Esa tarde entendí por qué, sus creativos le hacen honor a su nombre, pero irónicamente. Cuando los únicos que quedaban por salir éramos nosotros, saqué de la galera una gran Batman, y desaparecí sin que nadie se diese cuenta. Volví diez minutos después. La chica, en su único momento de libertad, me dijo en voz baja “Qué bien que estuviste”. El creativo ni se dio por enterado de que yo no estaba.  
Y todavía nadie nos había pedido que escribiésemos poesía.

(continuará)


Posted at 17.12.10 by nataniel
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Monday, December 06, 2010
La triste historia de Cesar Banana Pueyrredón tocando con Jimmy Hendrix.

Ahora que pasó el tiempo, mi hija nació y cumplió tres años, un afroamericano es presidente de los Estados Unidos y Messi metió un gol con la camiseta de la selección, creo que ya puedo hablar sobre los treinta días que trabajé para ------ como redactor de comunicaciones internas.

 

Como todas las historias tristes, ésta comenzó con un hecho de corrupción. Recién regresado de vivir en Madrid, Berlin y Leipzig y con un curriculum que en Buenos Aires equivalía a quince gramos de papel en blanco, conseguí por medio de contactos y chanchuyos que me aceptaran en un puesto de cierta categoría (digamos, comparado con ser camarero) para el que, por lo general, había que pasar por varias pruebas, por no hablar de tener ciertos estudios y provenir de una agencia de publicidad. Mi trabajo quedaba en el departamento de marketing, y digamos que alguien que yo conocía conocía a alguien muy importante dentro de la empresa. Mi primer día de trabajo, cuando me presentaron, no supieron muy bien qué decir para justificar mi caída del cielo. La frase que más me quedó fue la siguiente.

 

„Este es Nicolás. (Pausa pensativa) Viene de hacer una experiencia en Europa"

 

Estaba claro que estaba en el departamento de marketing. Vender mis seis años en Europa tocando la guitarra en el metro y sirviendo cafés con la ambivalente frase de „una experiencia en Europa" fue un gesto de genialidad publicitaria que justificó la carrera de esa persona, al menos hasta ese momento.

 

Me presentaron a mi jefa, una chica que había egresado hacía dos o tres años del preescolar, con la actitud hacia el trabajo que tiene ese tipo de gente que, durante los dictados de la maestra, preguntaba siempre si los títulos o subtítulos había que escribirlos con color. Hacía poco se había casado, y cuando la llamaba su marido, el celular dejaba escuchar la marcha nupcial.

 

Era una buena chica, creo, pero parecía que había nacido dentro del departamento de marketing, que la habían criado en una burbuja de cristal proyectándole videos institucionales sobre la empresa, y en lugar de muestras de afecto, recibía celulares gratis. Gente como ella las hay en todas partes. Dan un poco de miedo.

 

Luego me dieron un escritorio con una computadora sin acceso a Internet. Ni nada. Me dijeron que los viernes se podía ir de elegante sport, y me pidieron que llegara puntualmente a las nueve de la mañana. Luego se fueron.

 

Y no tuve nada que hacer.

 

No sé si a alguno de los que lee esto les ha pasado eso alguna vez. Se trata de estar trabajando en un ambiente en el que no podés poner los pies sobre la mesa y limpiarte los dientes con un escarbadientes, sino que es obligatorio fingir que se está ocupado haciendo algo. Pero no hay nada que hacer. No hay páginas web que leer, no se puede sacar un libro, ni una revista. No hay entrevistas que realizar, papeles que ordenar, incluso los baños están limpios. Nada. Y faltan nueve horas para irte.

 

En los momentos de mayor desesperación, abría la calculadora y sumaba cifras al azar, jugando a llegar al mayor número posible. Eran los momentos en que me divertía.

 

Al día siguiente me inspiré en la película con Will Smith que me pasaron una vez en un viaje en bus, en la que se vuelve millonario a fuerza de carisma y de prestarle a su jefe sus últimos cinco dólares para que se pague el taxi, y decidí volverme un poco más proactivo. Abrí la página de intranet de comunicaciones internas –esto es como una especie de revista online acerca de los tejemanejes oficiales de ------, y que se envía a todos los empleados de la empresa- y la miré de arriba abajo. No sé muy bien qué eufemismo buscar para la palabra nauseabunda. Hay ciertas cosas que nuestro cerebro no está preparado para asimilar, situaciones en las que Darwin desaparece, no hay adaptación posible, nuestra inteligencia ha de morir. Es como esa pesadilla en la que alguien me secuestra y me deja atado en una cama frente a una televisión. A todo volumen, el canal elegido por mi secuestrador es Bloomberg TV. No puedo mirar para otro lado, no puedo cambiarlo, horas y horas de señores de traje hablando de los mercados internacionales, mientras mi cerebro se escurre de mis orejas como manteca en una sartén. Más o menos esa fue mi sensación, sino durante todos los treinta días que estuve en esa oficina, al menos sí la primera vez que leí esa página.

 

Haciendo de tripas neuronas, hice algunas anotaciones simpáticas. No las recuerdo ahora, pero conociéndome, fueron seguramente tranquilas, con tono amable y hasta divertido, aunque seguro de lo que estaba diciendo. Me dio la impresión de que esto quedaría mejor si dijera tal otra cosa, por ésta razón o aquella. Nada que fuese esencial.

 

Mi jefa recibió mi mail con las siete u ocho ideas con la más radical de las indiferencias. ¿Le habían parecido bien, le habían parecido mal, eran una falta de respeto, se sintió ofendida? Nunca lo sabría.

 

¿O sí?

 

Lo que mi jefa no conocía eran las malas artes que me habían llevado a conseguir un lugar en esa oficina. Una o dos veces a la semana, durante la hora del almuerzo, yo me encontraba con el jefe de mi jefa, que me contaba todas las cosas que ella iba a decirle.

 

Que yo le enviara esa lista había sido para ella el equivalente a que mí alguien me diga que el mejor de los Beatles, con diferencia, es Keith Richards. No hubo un atisbo de apreciación de las ganas de trabajar, no hablemos siquiera del concepto de leer con atención alguna de las ideas. Las únicas palabras que le habían quedado en la mente a mi jefa fueron "Y este quien se cree que es"

 

Decidí no trabajar más hasta que no se me exigiera lo contrario.

 

Mi primer encargo fue escribir un texto de quince renglones acerca de un concurso de dibujos hechos por niños. Se habían recibido muchos dibujos de todas partes del país, y se habían elegido tres ganadores. Fácil. Escribí un texto, una vez más, sencillo y amable, en el que en un momento decía algo así como que después de acaloradas discusiones en las que se llegaron a lanzar pasteles, el jurado había llegado a un decisión etc etc. Mi idea era que la página era tan increíblemente genérica en su forma de escribir, tan nauseabundamente pueril, que nadie de verdad la leía. Me daba la impresión que agregarle un poco de frescura –al menos a las notas que no fueran sobre cosas oficiales, como un concurso de dibujos infantiles- ayudaría a pasar el mal trago de leer cosas como "nuestros más importantes directivos volvieron a reunirse esta tarde, demostrando una vez más su interés por el bienestar de los trabajadores de nuestra empresa" (sic, todo el renglón sic).

 

Mi nota regresó tachada en un 90%. Lo de los pasteles era el menor de los problemas. Nada le gustaba. El estilo, las palabras elegidas, cosas tan absolutamente imbéciles como no empezar una frase con "no", mi jefa me estaba dejando claro que ella no sólo me iba a enseñar los vericuetos de la escritura publicitaria, sino lisa y llanamente a escribir.

 

Sucedió lo mismo todos los días, hasta el final. Nunca una sola de mis notas regresó con menos de tres o cuatro largos tachones en rojo. Nunca estuve de acuerdo con ninguna de las correcciones. Y créanme, no tengo ningún problema en aceptar correcciones, de hecho, con lo inseguro que soy, la mayoría de las veces creo que los demás tienen más razón, cualquier que haya trabajado conmigo lo sabe. Pero mi jefa no tenía razón, su correcciones no me ayudaban a manejar el lenguaje marketinero, que yo desconocía. Sus correcciones ayudaban a que mis textos fueron peores.

 

Una vez me tachó de una frase larga una palabra que escribí tres veces. "Estás repitiendo esta palabra" me dijo. Yo no pude aguantarlo (después de vivir situaciones parecidas cuarenta veces al día) y le contesté, si, ya sé, estoy tratando de marcar un ritmo. Ella me miró un segundo, y continuó tachando. "No se repiten palabras en una misma frase", dijo. Esa tarde su jefe me contó, "dice que ahora además le contestás cuando ella te corrige los textos".

 

Era una batalla imposible.

 

Pero nada de esto fue importante en comparación con lo que pasó el día del trabajo en equipo, cuando nos fuimos a una quinta en San Isidro a escribir poemas sobre la empresa.

 

(continuará)


Posted at 6.12.10 by nataniel
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Saturday, October 09, 2010
Escrito el 29 de marzo del 2005.
- Vivimos las nostalgias del futuro- dijo mi tía Violeta, colocando sus manos en la espalda, frotándose, retorciéndose, viajando nerviosamente alrededor de la columna vertebral -Y qué inconscientes que somos... ¿no?

Las alumnas, a su alrededor, en silencio. 

- El pasado es esto que tira de acá, que empuja. Lo manejamos, vivimos con él. Pero un día... un día algo se cae.

-su mano desciende por su pierna, nunca cesa de moverse, como si ese recuerdo fuera un pez recién pescado.

-Intentamos atraparlo... cuesta, no queremos que se vaya demasiado lejos. Entonces lo descubrimos tal como era, frente a nosotros, radiante como el sol...

-su mano se extiende, señala hacia adelante, abierta, iluminando.

-Lo atrapamos, fuerte como un puño.

-puño cerrado, puño de bailarina, todo el cuerpo se transforma en ese puño

- lo hacemos nuestro... y nos enfretamos a él, desafiante...

-los brazos como un arco sobre la cabeza, posición de ataque de algún arte marcial.

- pero enseguida se va para otro lado... y empiezan las preguntas... ¿Y si hubiera hecho esto? ¿Y si hubiera hecho lo otro? ¿Y si...? Y nos hacemos la cabeza...

-las manos frotan y rodean su cabeza, como si no quisieran dejarla pensar o descansar. Ella gira de a pequeños pasos como en una cajita de música.

- entonces nos palipta el corazón, y tratamos de bailar, sonreimos, trastabillamos... lo que queremos es que alguien nos salve, nos tome de la mano y nos saque de ahí...

- con una mano en el corazón, la otra extendida, sigue torpemente un ritmo como una danza de salón, a veces parece que va a caer, pero sigue adelante, sonriendo apenas con ganas...

- pero lo mejor es no encontrar a nadie... encontrarse uno...

Las alumnas sonríen.

- y al final... se chorrea, se escurre, le damos vueltas, lo trabajamos...

-sus manos son un remolino en su vientre, se mueven tan rápido que es imposible saber qué están haciendo, cómo las está trabajando, se frotan y retuercen. Toda su alma son ahora esas manos.

-y cuando está listo... lo tiramos. ¡Zá! -grita, y todo su cuerpo es una flecha que se dispara -lo que no sirve, lo tiramos... ¡ZÁ! -grita más fuerte, y todo eso que tiene el vientre y en el pecho sale disparado y es imposible no verlo atravesar el techo y desaparecer.

- y entonces... todo vuelve a empezar... el pasado en la espalda... nos empuja, viaja con nosotros. Vivimos las nostalgias del futuro, y tenemos que trabajar para construir, repletos de recuerdos, cargados de nostalgias, al servicio de nuestra felicidad

- Silencio.

-Mis amores... ahora... ustedes hacen su propio recorrido

-sonrisa de columna, aprendida de su madre. Coloca la música desde el principio. Las alumnas -ninguna de ellas es, en realidad, una "bailarina"- comienzan a recordar con el cuerpo, y mi tía -a dos horas de que mi bus parta y me lleve lejos hasta quién sabe cuándo- estira su brazo hacia mí sin dejar de mirarme, y el recuerdo que atrapa con un puño soy yo, sentado en el suelo, observando, aprendiendo, admirando.

Posted at 9.10.10 by nataniel
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Monday, September 13, 2010
El único argentino.
Nunca me gustó el futbol, pero por alguna razón que tiene todo que ver con no tener nada que hacer durante largos meses, el último mundial me agarró de lo más bajo de mis bajos fondos y no me soltó hasta que se pitó el final del partido España Holanda y pude gritar: NO VUELVO A VER UN PARTIDO DE FUTBOL EN MI PUTA VIDA.

Es que no disfruto viendo futbol. Yo sé que todos los deportes tienen su porcentaje de azar al que se deben, pero en el futbol ese porcentaje me parece de una injusticia aun mayor. He visto equipos romperse el trasero colectivo tratando de ganar un partido, haciéndolo genial, para luego ser derrotados por un chanchullo sucio y un pequeñísimo error de uno solo de sus jugadores (te estoy mirando a vos, maldito Uruguay-Ghana). Por no hablar de los despropósitos históricos, del tipo Alemania ganándole a Polonia, u Holanda venciendo a Sudáfrica. Cosas que en realidad no deberían importar, pero terminan importando, porque los que no sabemos de futbol, nos agarramos a cualquier cosa sobre la que tenemos conocimiento para hacer esos 90 minutos un pelín más entretenidos.

El día que Argentina perdió tan rotunda e indiscutiblemente contra Alemania, yo estaba en un pueblo medieval perdido en medio de la nada, pero absolutamente repleto de gente hasta la punta de su más alto castillo. Es que era un festival de música que se hace anualmente, a donde la gente va como si no hubiera otros cientos de conciertos todos los días en sus cómodas ciudades de origen. El marketing del concierto es que es, digamos, multi-kulti, es decir, que hay negros tocando tambores, ucranianos dando volteretas con trajes colorinches y sudamericanos soplando quenas. Esto a los alemanes les gusta verlo porque les hace afirmar su seguridad en que el mundo es un lugar que se parece a lo que ellos tienen en sus cabezas acerca de él.

Yo buscaba un lugar para ver un partido como Nick Nolte buscaba un chute de heroína en The Good Thief. Los tres bares con televisión en todo el pueblo estaban hasta la bombilla de gente desde varias horas de antelación, y no fue hasta que encontramos un restaurante en un primer piso, abarrotado de gente pero con dos milagrosas sillas libres en una mesa de nueve personas, que no dejé de putear al festival, a los alemanes, al pueblo, y a la Edad Media en general.

Razones para odiar a los alemanes los periódicos del día me las habían regalado. Todos los más populachines pasquines –o sea, aquellos que venden millones de millones de copias- se habían dedicado a humillar y ofender a Maradona en sus portadas. Los comentarios, en otro contexto, hubieran sonrojado las xenófobas mejillas de Sarkozy, pero durante el Mundial, donde "el espíritu deportivo" por sobre todas las cosas prevalece, daba luz verde a los periodistas y simples opinólogos a decir exactamente lo que tenían en la cabeza. Y créanme, lo que tenían en la cabeza no era demasiado agradable.

Vi el partido rodeado por 150 alemanes. Entre ellos y yo no había espacio. Me acerqué a Astrid a hacerle el primer comentario (era algo así como, con estos nervios, es importantísimo quién haga el primer gol),  pero no pude terminarlo, pues las 150 personas levantaron sus brazos y gritaron con todas sus fuerzas precisamente ese primer gol, llegado tan rápido que dio la impresión de que lo metieron antes de que empezara el partido.

Veinte minutos después, sudando todos en el restaurante la gota fría, veo una pelota entrar en un arco después de haber sido cabezeada por alguien de camiseta celesta y blanca.

¡GOL LA RECONCHA DE TU MADRE! Grité. Grité con todas las fuerzas de una persona que nunca había gritado un gol en su vida. Grité con las inmensas ganas de hacerles pagar a todos esos alemanuchos sus burlas, sus vidas tan increíblemente abultadas de privilegios, el pasado de sus abuelos, su falta de sentido del humor y el horror de su coliflor amargo.

Todo el restaurante se dio vuelta a mirarme. No tuve tiempo ni de sonrojarme. El gol había sido una jugada adelantada más que evidente. El árbitro del partido contra México ese día no había venido.

De ahí en más todo fue una niebla. No sé cuántos goles metieron. Como mil. Cuando terminó, a mi alrededor tenía un centenar de alegres germanos, uno de ellos incluso me palmeó el hombro. No voy a escribir aquí lo que pensé en decirles. Principalmente porque no dije nada, así que en realidad no cuenta.

Y aquí la anécdota real. Al salir a la plaza principal de esa vieja ciudad, me encontré anunciado al primer artista que interpretaría su música, en exactamente dos horas.

Daniel Melingo.

Daniel Melingo es al tango, lo que Nirvana fue al pop, Tom Waits a los standards de jazz y Murdock a MacGyver. Un tipo que agarró un montón de cosas ya existentes y talladas en titanio, y jugó con ellas, se burló un poquito, les tuvo mucho respeto, e inventó algo propio.

Su concierto, frente a una plaza llena que nunca había oído hablar de él, fue una catarsis para los dos. Para mí y para él.

Es que eramos los únicos dos argentinos.  Lo sé.

-    Vamos Diego- dijo, después de un increíble solo de clarinete y serrucho.
-    ¡Vamos!- grité yo, sin saber muy bien porqué, como una especie de réquiem a mi gusto futbolero.

Esta tarde escribo desde un bar de Madrid. Hace un calorcito delicioso. Gaby Schabas acaba de servirme un café, y en los altavoces se escucha a Daniel Melingo. Yo no puedo evitar preguntarme si no fue esa tarde de humillante futbol y delirante concierto cuando me di cuenta de que nada se me había perdido en ese país del norte sacado de un capítulo de Doctor Who llamado Alemania.


Posted at 13.9.10 by nataniel
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Thursday, September 09, 2010
Gloria.
Julius aparcó el auto sin mucha destreza, y Luna no paraba de recriminárselo. Maria y yo nos habíamos bajado antes y manteníamos el silencio de los que sienten ternura por las tensiones de los demás. Entonces la escuché detrás de mí, caminando sin equilibrio, montada en dos tacones imposibles y un vestido ajustado, cartera bajo el brazo y una botella de champagne en la mano.
- ¡Sexo, sexo y rock and roll!- decía, con una voz muy española, de persona que sin perder cierta juventud, no podía esconder que la suma de los amaneceres que ella había presenciado triplicaba la suma de mis atardeceres. El hombre que la acompañaba desapareció dentro de un auto deportivo, y ella abrió la puerta para entrar junto a él. Pero entonces, de refilón, vio a Luna.
- Pero... si tu eres...- dijo, y las palabras se le desparramaban más que el champagne de su copa -¡tú eres la guapísima!
- Vaya, gracias- le dijo Luna.
- Sí... es que tú eres muy guapa. Es que, en las revistas sales guapísima, pero así en persona... es que...
- Yo quiero lo que ella se haya metido- me dijo Maria en voz baja.
- No te digo que eres como la Scarlett Johanson porque eso ya sería la hostia... pero bueno, ya vendrá el dia en que te llame y te diga "¿quieres hacer una peli conmigo?"
Maria y yo reimos. Luna todavía está un poco incómoda.
- Ojalá llegues a ser tan buena actriz, como eres guapa- le dice, y se gana su corazón.
Hay algo de mensaje del futuro en ese encuentro, pienso. Es como una advertencia. Mira, esto que tienes ahora, esta eternidad, esta danza interminable de trabajo y risa y encuentros y besos, todo esto termina. Y pasada la línea, no queda más que el jugo de tu propio esfuerzo. Lo demás desaparece.
La mujer se da vuelta y camina acostumbrada a no tener equilibrio para caminar.
- ¡Guapa!- le grita de nuevo.
-¡Guapa tú!- responde Luna.
La mujer se da media vuelta, muestra un poco de su pierna y dice.
- ¿Guapa yo? Yo soy una vieja gloria de la noche.
Se mete en el auto y se va.
Todos le creemos.

Posted at 9.9.10 by nataniel
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Tuesday, July 20, 2010
Hacer algo.
La cosa fue así. Me quedaba apenas unos días en Madrid, y mi amiga Noelia me dijo: "¡Hagamos una película!". Escribí algo en quince minutos, pedimos una cámara prestada, robé tres cintas de video en el Corto Inglés, nos juntamos con su amiga Lara y lo grabamos en tres horas. El único gasto fueron los tres euros del vino barato con el que celebramos después.
Gracias a Lara por reírse menos que Noelia durante las tomas, a Randy por la ayuda técnica, a Rodrigo Taramona por la involuntaria prestación de sus relojes y a Ruffus por la vista de su balconazo, cuyas imagenes me salvaron tapando los tremendos baches!






Posted at 20.7.10 by nataniel
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