Entry: Ma belle. Saturday, May 16, 2009



La habitación no era lo que yo esperaba. Para empezar, había tres cunas en lugar de una sola, y encima, una de ellas estaba ocupada.Las cunas son exactamente como jaulas. Rejas metálicas y altas, sin espacio para que pase una cabeza de bebé.
Sentada en el medio de una de ellas, sola en una esquina de la habitación, estaba Leonie Michelle.
Leonie es el nombre de moda entre la gente de clase baja en Alemania, algo así como lo fue Melody o Jonathan en Argentina. Michelle, en cambio, es un nombre que sale en una canción de los Beatles, y a esos nombres, por más feos que sean (Prudence, Martha) yo les tengo mucho cariño.
Michelle tiene un mes más que Matilda, exactamente. Rubia y con esa gordura que no es mucha, pero que demuestra cierta desidia a la hora de la alimentación por parte de los padres. Estaba sentada sola en el medio de la jaula, con un juguete de aros de colores entre la piernas, con el que no estaba jugando.
Matilda entró en la habitación y automáticamente se puso a jugar con todo lo jugable. En este caso no sólo puertas, sillas y cajones, sino también una mesita para niños con varios juguetes la verdad que bastante lindos, juguetes que se llaman "educativos", de madera de colores con diferentes formas. Entramos Astrid y yo y la enfermera y de pronto todo fue un huracán de palabras, movimientos, cosas que se movían de lugar, muchísimos objetos nuevos -los tres bolsos que armamos para estar una semana instalados allí. Michelle ni dijo "ah", ni se movió, ni pareció asustada, ni contenta. Nada.
- ¿Y esa nena?
- Es Leonie Michelle.
- ¿Y de qué está enferma?- preguntó la mente práctica de Astrid.
- De bronquitis- dijo la enfermera, acostumbrada -no se preocupe, no hay peligro de contagio.
- ¿Y los padres?
- No están.
- ¿No están?
- No.
- ¿Y dónde están?
- La mamá viene por las tardes.
- No se quedan a dormir entonces...
- No. A veces la mamá ni viene.
Ahí estaba Michelle sentada sola en el medio de una jaula en una habitación vacía.

Después de media hora, Michelle se moría de risa con nosotros. Hice malabares con aros de plástico (una pista, los nenes se ríen mucho más si los malabares salen mal que si salen bien), descubrimos que el punto débil de sus cosquillas eran los pies, y me dio la impresión de que su forma de jugar era un poco agresiva, cuando yo armaba (a duras penas, por lo alto de las rejas) una torre dentro de su cuna, ella le daba unos tortazos tremendos y tiraba los pedazos por todas partes. Y después se reía a carcajadas.

Por supuesto, no podíamos sacarla de ahí dentro.

Trajeron la comida del mediodia, y una enfermera la sacó para darle de comer. Comió un montón, postre incluído. La enfermera intentó hacerle nebulizaciones, pero Michelle es de la escuela de Matilda, y berreó y berreó y lágrimas pesadas le cayeron por la cara y golpeó con sus bien fortachonas manos todo lo golpeable. La enfermera, que tenía su último día de trabajo con niños, se rindió sin más vueltas, la envolvió en una sábana atada al medio, y la dejó en la cama. Tenía que dormir la siesta.

Matilda, por otro lado, terminó de comer, la cambiamos entre dos, la hamacamos un poco en brazos, le cantamos una canción, le pusimos su músiquita de dormir que trajimos especialmente para colgar en su jaula, y la pusimos a dormir la siesta.

Ninguna de las dos tuvo problemas para dormirse.

Cuando se despertaron a la tarde, la madre de Michelle todavía no había llegado. Nos dijeron que podíamos salir a dar una vuelta si queríamos. Hasta ese momento, llevábamos seis horas en el hospital, y todavía no había pasado nada que no hubiera podido pasar en nuestra casa. Ningún médico nos había informado nada, ningun antibiótico había sido aplicado, ninguna de las enfermeras parecía saber qué hacíamos allí.

Entre las jaulas y la falta de información, nos sentimos un poco como en Guantánamo. Pero créase o no, así es como funciona en Alemania. Todo está limpio, ordenado, el hospital es hermoso, ninguna máquina de café está rota. Pero hasta las sonrisas de la mayoría de las enfermeras no parecen humanas.

El hospital es en realidad una especie de pueblo. Cada especialización tiene un edificio diferente, separado por calles internas. Cada edificio, a su vez, parece de una época distinta de la historia. Los hay recontra-modernos, plateados y espejados, los hay típicos de los años 30, con esos balcones largos con arcos por dónde se pasean los heridos de guerra en las películas, y los hay realmente antiguos, algunos de ellos abandonados, con telas de araña donde cuelgan aún moscas socialistas. Alrededor de todo el complejo, un enorme parque, o más bien un bosque, con arroyo y lago lleno de patos incluído.

Ahí fuimos a pasear con Matilda. Persiguió patos, sopló panaderos –las semillas, no el señor que hace pan- y trató de hacer malabares también con piñas de pino.

Cuando volvimos, la madre de Michelle estaba allí. Eran casi las cinco de la tarde.

Michelle estaba distinta, no sólo porque la vimos con su propia ropa y no con el horrible piyama del hospital. Estaba excitada, se movía para todas partes, gritaba y balbuceaba sin parar. Agarraba las cosas y se las llevaba a la madre. Después me las daba a mí, me miraba y se reía de cualquier cara que yo le pusiera.

La madre era lo que Astrid y yo esperábamos que no fuera. Una mujer joven, de unos 26 o 27 años, que tenía con su hija ese tipo de relación que se basa en preocuparse, con el mínimo esfuerz, de que la nena no tenga hambre, no tenga frío ni tenga sueño. Y no mucho más. ¿Querés un caramelo? Tomá. Vení para acá, Leonie. Eso no es tuyo, Leonie. No la empujés a la nena, Leonie. ¿Querés otro caramelo? Dejá eso, linda. Esos no son tus zapatos. Ese juguete no es tuyo.

Por supuesto la llamaba Leonie.

Matilda, al principio, perseguía a Michelle ofreciéndole sus juguetes. Michelle, que no entendía esa acción, creía que Matilda quería los juguetes que ella tenía en la mano, y le gritaba y la empujaba para alejarla.  

Yo tengo una revolucionaria teoría al respecto. Todos se piensan que los hijos únicos son los nenes más egoístas y agarrados que existen. Es exactamente al revés. Matilda nunca compartió sus juguetes con nadie, por eso para ella el placer más grande, o si quieren, la novedad que más la entusiasma, es la de darle sus cosas a otro. No creo que haya un gesto humanitario o bondadoso en ello, es sólo la novedad, que siempre es lo preferible en un nene. En cambio los nenes que tienen muchos hermanos, desde muy chiquitos tienen que aprender el concepto de "esto es mío", tienen que aprender a marcar su territorio. Cuando tenía cinco años, pregúntenle a mi mamá, le regalé todos mis juguetes a cada uno de mis vecinitos. Claro que esta teoría está basada en la observación de dos casos. Y uno de esos casos, es el mío propio.

Michelle tiene dos hermanos. Uno de 9 y otro de 4. Y no hay padre a la vista. Por eso la madre no puede venir a la mañana. No hay nadie que se encargue del de 4.

¿Por qué el de cuatro no va al jardín? Ni idea. En Alemania no tener dinero nunca es una excusa para ese tipo de cosas. Todo lo que quieras hacer, de alguna forma, te lo puede pagar el estado.

Mientras se hacía cada vez más tarde, empecé a darme cuenta de algo. En todo ese tiempo que estuvimos allí, con el estrés inevitable de dos nenas de un año y medio que están en un lugar en el que no quieren estar, y donde no pueden salir –Matilda tuvo ataques de berrinche inéditos en ella, señalando la puerta-, en todo ese tiempo de dar de comer, cambiar, dar remedios, llorar, empujarse y jugar, ni una sola vez la madre de Michelle le hizo ni una sola demostración de afecto. No la acarició, no la besó, no le dijo: "¡muy bien!", ni siquiera la llamó con algún cariñoso nombre.

Michelle tenía todas sus necesidades básicas perfectamente cubiertas, en ese sentido no había error.

Pero eso era todo.

Alrededor de las seis de la tarde, la madre de Michelle se despidió de su hija con un beso en la mejilla, y se fue.

Una enfermera nueva le hizo las nebulizaciones al ritmo de gritos. "¡Ya! ¡Bueno, ya! ¡Ya está bien!"

Con esa misma actitud, y sin que la nena dejara de llorar, la envolvió en la frazada, la ató a la cintura (su saco de dormir) y la tiró dentro de la jaula. Cerró las persianas y salió de la habitación. Michelle tenía que dormir.

Astrid, Matilda y yo estábamos fuera de la habitación. Matilda no se duerme tan temprano, así que ibamos a dar otra vuelta. En la puerta nos agarró el primer médico del día (a las siete de la tarde) para explicarnos lo que pasaba.

Mientras el médico hablaba, yo vi a través de la ventana de la puerta a la enfermera dejar a Michelle en la jaula, y luego salir.

Michelle se trepó como pudo a las rejas, las frazadas envolviéndole el cuerpo no la dejan mover muy bien.

Agarrada a lo alto de la baranda, lloraba mirando hacia la puerta. Pero yo sé cómo llora un bebé cuando no quiere dormirse. Michelle no lloraba así. Michelle lloraba porque estaba triste. Todo lo que necesitaba, lo único que quería, era un mínimo, pequeño contacto con otra persona. Llevaba una semana siendo tratada de esa forma, y era la décima vez que tenía que ser internada por su bronquitis crónica. Era sencillamente demasiado.

Astrid y Matilda se fueron a dar una vuelta.Yo tomé a Michelle en brazos.

Y la dormí cantando.

 



   5 comments

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June 12, 2009   07:03 PM PDT
 
Es grandioso ver como algunos pueden abrirse y brindarse y sin saberlo dejan huellas imborrables...
Virch
May 19, 2009   10:08 PM PDT
 
Ya los hay, no? Los Luthiers esos...
Marcuncho Pirucho
May 19, 2009   01:58 AM PDT
 
Un gesto de esos que dejan extrañas pero bonitas huellas de los dos lados, como un carbónico al reves, o un gotán.

Que ganas de gritar qué lindo hijo que tengo!!
Nataniel
May 18, 2009   08:16 PM PDT
 
Imaginate que imponente sería ir a un concierto de un cuarteto de argentinos cantores gigantes...
Virch
May 18, 2009   07:16 PM PDT
 
Veinte años después, en la consulta del psicólogo, Michelle confiesa tener una fijación de origen desconocido con los argentinos cantores gigantes...

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