Entry: Qué demonios. Wednesday, June 10, 2009



- Iba a escribir algo muy triste y deprimente acerca de la velocidad a la que pasa el tiempo, o como en realidad el tiempo no pasa, sino que somos nosotros los que pasamos por él, pero qué demonios.

- En lugar de eso, una comedia pre código Hayes con Spencer Tracy y Joan Bennet. Me and my gal (1932) tiene montones de maravillosos detalles que demuestran su realización anterior a la cosa más horrible que le pasó al cine norteamericano: Primero y principal, el personaje de la hemana de Joan Bennett, casada con un buen muchacho -que además tiene a su padre cuadriplégico- vive un affaire con un gangster al que encima de todo, ayuda a escapar de la policia. Post-código Hayes, ninguna mujer podría haberse salvado de la muerte después de ayudar a un criminal y, mucho pero mucho peor, tener sexo extra-matrimonial. En esta película, Spencer Tracy cierra todo el tema con un cortísimo diálogo: "Es una buena chica, y estaba confundida". Además de eso, la fantástica escena de la fiesta de casamiento está plagadísima de hedonismo, gente que bebe y come hasta explotar... en plena época de la prohibición. No sólo la película muestra a muchísima gente divirtiéndose al tiempo que hace algo ilegal, sino que además, uno de los personajes invita al espectador a unirse y tomar un trago. Por último, una escena que no incluí pero que también dice mucho: Spencer Tracy y Joan Bennett se besan apasionadamente sobre la barra de un bar, tirando las cosas al suelo. "Si vas a besarme así" le dice Bennett, acalorada "vamos a tener que casarnos". Sexo, alcohol y diversión, antes de que, dos años después, fuese terminantemente prohibido volver a hablar de esos temas. Una prohibición que duró buena parte de las cuatro décadas siguientes, y de la que todavía hoy se sienten los estragos en las películas más tradicionales de Hollywood.


- Por último, un algo que escribí en 5 minutos ayer por la noche.

Fue por pura casualidad que me di cuenta de que el andén del metro de enfrente estaba adelantado. Mi andén, el que iba de Schönhauser Allee hasta Alexander Platz, estaba en el presente. Pero el otro, el andén del metro que hacía el recorrido contrario (Alexander Platz-Schönhauser Allee) estaba en el futuro. Más exactamente, un día más tarde.
Cualquiera diría que de una cosa así es fácil darse cuenta enseguida, pero lo cierto es que durante los días de la semana no había ninguna diferencia entre un andén y otro. La misma gente a la misma hora, yendo hacia los mismos lados. Los mismos trajes, zapatos, maletines y mochilas. Los periódicos eran distintos, claro, pero uno nunca intenta leer el periódico de la persona que está del lado de enfrente, por lo que ese dato no hubiera sido relevante. Los viernes se notaba una mínima diferencia, ya que del lado de enfrente se encontraban en sábado, y había mucha menos gente y hasta podía encontrarse alguna que otra familia paseante, pero yo sólo pensaba que los viernes la gente que venía del centro era mucha menos que la gente que iba hacia el centro.
No fue hasta el día en que nos vi juntos que me di cuenta de lo que estaba pasando. Yo iba a encontrarme con vos para tener nuestra primera cita. Nos habíamos conocido hacía poco y las situaciones de nuestras vidas eran más que complejas. No tengo que explicártelo, ya que lo recordarás perfectamente. A pesar de todas las cosas que teníamos en contra, habíamos decidido encontrarnos una noche para hacer algo juntos. Eso quería decir sin lugar a dudas que ambos teníamos ganas de arrebatarnos el uno sobre el otro y pasar la noche en vela, algo que de todos modos nunca hubiéramos admitido en voz alta antes de hacerlo.
Mientras esperaba a que llegara el metro que me dejaba en Edelwalder Straße -a dos calles de tu casa- nos vi aparecer en el andén de mañana. Ibamos de la mano. Yo estaba sonriente, satisfecho y recién bañado. Vos parecías triste.
Nos sentamos en el banco justo frente del mí mismo que estaba observando un día antes. La tristeza y el aire de haber dormido poco te hacían más hermosa de lo común, así que era normal que mi yo del futuro no pudiera sacarte los ojos de encima. Vos mirabas al suelo y cada tanto lanzabas una ojeada al túnel del metro. Era evidente que no podías esperar a que llegara.
- ¿Qué te pasa?- te pregunté. O te preguntaría en el futuro.
- Nada.
- Algo te pasa.
- Estoy bien.
- No. No lo estás.
Me miraste a los ojos, profundamente. Sonreíste y suspiraste, casi al mismo tiempo.
- Esto fue una muy, muy mala idea.
Mi yo del futuro se quedó helado. Yo me conozco, y sé como reacciono cuando algo que me dicen es lo último que esperaba oír. No necesité más que ese comentario para que se me rompiera el corazón.
- Yo... creí que...
- Sí. Yo también. Al principio. Pero ahora sé que no.
- Pero si fue tan hermoso... creí que habias... que habías volado, ¿sabés? igual que yo...
- Volamos. Es una linda forma de decirlo. Claro que fue hermoso. Pero eso fue ayer. Y esto es hoy.
Mi yo del futuro se quedó en silencio mirando el suelo, sin poder decir una palabra. El metro del otro lado se acercaba a la estación. Me tomaste la mano y me dijiste algo que no pude escuchar por el ruido. Pero enseguida te levantaste, y en lugar de meterte en el metro, subiste las escaleras.
Mi yo del futuro se quedó tal como estaba. Dejó ir al metro sin subirse. No movió un músculo.
Entonces llegó mi tren.
Y fui a encontrarte.

   0 comments

Leave a Comment:

Name


Homepage (optional)


Comments