|
Esa no es la admiración que uno tiene con un amigo. Un amigo al que uno conoce desde pequeño, al que vimos luchar contra sus propias miserias, sus tonterías e inseguridades, como todo el mundo, al que vimos alguna vez un tanto perdido, o con las cosas no tan absolutamente claras. Al que, sospechamos, le daba miedo terminar siendo lo que mucha gente termina siendo. Alguien que se rompió bien el trasero para llegar a donde quería llegar, sin dar concesiones, sin traicionarse a sí mismo, buscando siempre, en definitiva, el camino más difícil. El único posible. Ver el fruto de la planta que años atrás vimos plantarse o empezar e germinar, y verlo un fruto tan lleno de colores y sombras y rincones ocultos y grandes espacios abiertos por donde corre el aire, eso llena de admiración y orgullo, orgullo por ser testigo del cambio, por haberse ganado un lugar en esa historia y por haber sabido darle a esa persona un lugar en la historia propia. Que uno, después, en la práctica, sepa expresar esa admiración, de forma que no parezca envidia, o idealización vacía, o hipérbole, tiene que ver ya con las inseguridades propias, los recovecos y las sombras que, además, son más visibles para el otro, el que nos conoce mejor que nosotros mismos. Pero este es el fondo del asunto, querido amigo. No creo que ahora seas un señor serio al que debo tratar con más respeto que antes. No creo que ahora seas más importante, por más que haya cientos de personas por día que te tratan de usted. No vas a dejar de ser nunca el hermano que sabe cuándo reirse-de-mi-y-conmigo, así como yo creo saber cuándo estás queriendo escapar de tu propia sombra, haciéndola más pequeña de lo que es, y cuando es hora de pedirte un descanso de vos mismo. El asunto es pura y dura alegría de verte ser, nada más y nada menos, que lo que querés ir siendo. No te olvides; la inmensa mayoria de la gente nunca lo consigue. Y acompañarnos en este viaje nuestro me hace feliz. Punto. |
| Leave a Comment: |